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  La Pastorcilla Cieguecita (Miguel Gila)
 

 

 

La Pastorcilla Cieguecita

Miguel Gila

Hace muchos años vivía en un país, de cuyo nombre no quiero acordarme, una sencilla y humilde pastorcilla a quien sus padres habían bautizado con el dulce nombre de Aida, en memoria de Wagner, ya que los papas de la pastorcilla, gente sencilla y humilde como ella, no sabían que el autor de Aida era Verdi.

Aida salía cada mañana con su rebaño de ovejas y, después de caminar leguas, cruzando arroyos, bosques y volcanes, llegaba al prado donde las amapolas, movidas por la brisa, parecían un mar rojo.

La pobre niña, además de ser humilde y sencilla, era cieguecita; así que podéis imaginar, amiguitos, las penurias que pasaba la pastorcilla para no caer en las aguas frías de algún arroyo o en el cráter ardiente de un volcán. Tenía, por suerte, una oveja de nombre Estrellita que le servía de lazarillo; así, si la niña debía torcer a la derecha, la ovejita balaba dos veces, y tres cuando debía torcer a la izquierda.

Siempre que se sentaba en el prado, y mientras las ovejitas pastaban, la pastorcilla gozaba del olor de las amapolas y de las margaritas, porque Aida, no obstante ser humilde, sencilla y cieguecita, tenía olfato.

Todas las noches, cuando regresaba a su casa después de que las ovejitas hubieran pastado, Aida comía un trozo de queso y un vaso de agua y dormía hasta el día siguiente, en que de nuevo salía con su rebaño.

Los padres de Aida sufrían mucho viendo a la pobre niña cieguecita; pero como eran tan humildes, sólo podían llorar, que como todos sabemos es gratis.

Un día en que la pastorcilla caminaba hacia el prado se vio sorprendida por una tormenta. Naturalmente, no podía ver los rayos, ni los relámpagos, ni el agua; pero como se estaba mojando y escuchaba los truenos, se dio cuenta de que había una tormenta espantosa. Durante unos minutos estuvo dudando de si debía seguir caminando o esperar a que pasara la tormenta; Estrellita, su oveja lazarillo, no balaba, y esto desconcertó más a la pobre niña, que comenzó a llamar a la oveja desesperadamente; pero la oveja no respondía a sus llamadas, lo que alarmó mucho a la pastorcilla, que comenzó a llorar. Pero hete aquí que repentinamente cesaron los truenos y la lluvia y todo el prado se iluminó con un extraño resplandor. La niña, en ese instante, comprobó que podía ver, y aunque en principio pensó que todo era fruto de su imaginación, poco a poco se fue dando cuenta de que era realidad. Se vio los pies y las manos, y mirando a su alrededor pudo ver los árboles y las flores y también los pájaros y los conejos que volaban y corrían, respectivamente, a su alrededor. La niña, contenta, comenzó a saltar, hasta que en uno de los saltos fue a parar junto a una cosa blanca que estaba tirada sobre el pasto verde. Al principio no sabía si aquello era un perro, un gato o un conejo, porque, como había sido cieguecita de nacimiento, no podía guiarse nada más que por el ruido, por el tacto y por el olor. Después de tocarla y olerla se dio cuenta de que era su fiel ovejita, que había sido fulminada por un rayo. Inútil es describir el llanto de la niña ante semejante tragedia; abrazada a la ovejita, lloraba desconsoladamente. Pero hete aquí, amiguitos, que la ovejita se convirtió en un apuesto y hermoso príncipe que, tomándola de la mano, le dijo:

-Hace años fui maldecido por una mala bruja y convertido en oveja, y sólo si me mataba un rayo volvería a mi forma natural. A cambio de ello podía pedir un deseo, y pedí que te fuera dado el don de ver.

Después, el hermoso príncipe acompañó a la niña hasta su casa y les contó a sus padres lo que había pasado. Los padres se pusieron muy contentos y colmaron de atenciones al joven príncipe, dentro de su modestia, pero le dieron queso y agua hasta que no quiso más.

Por supuesto que el hermoso príncipe no se casó con Aida, por la diferencia de edad y porque él era de sangre real y ella no; pero de todas formas se portó bien, ya que la niña pudo ver desde ese día y no corrió el riesgo de caer en las aguas frías de algún arroyo o en el cráter ardiente de un volcán.

 

 

 
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