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  Colegio para las Niñas, de Recuerdos de mi Vida; Memorias de un Director de Hotel (Mariano Verdejo Vendrell)
 
 
 
 
  Colegio para las Niñas
  (De Recuerdos de Mi Vida: Memorias de un Director de Hotel)
 
  Mariano Verdejo Vendrell
 
  Después de la marcha de C. L. y de mi acceso a la Dirección, no tardamos en mudarnos a otra zona cercana, el Complejo La Atalaya, en el denominado Morro Besudo. Se trataba de una amplia urbanización de bungalows privados en una bonita zona ajardinada y con una piscina comunal para los habitantes de la misma. Esta era ya una vivienda con todas las comodidades de una casa, tanto en amplitud como en equipamiento. La mejora era extraordinaria y puedo decir que allí vivimos felizmente durante el resto de nuestra primera estancia en Gran Canaria. Pronto hicimos amistad con algunos vecinos, lo que amplió y enriqueció nuestra vida social. Especialmente fue bueno para Inma que tenía que pasar muchas horas en casa.
  Con el tiempo, el problema colegios para las niñas se agudizó. Al hacerse ya imposible su continuidad en el parvulario, se imponía la necesidad de encontrarles una escuela en la que comenzar enseñanza primaria. Dado que este era un problema generalizado para las familias residentes en la zona, una serie de padres tuvieron la iniciativa de crear una escuela privada en un local alquilado con ese fin. Para ello contrataron los servicios de un par de profesoras que deberían atender a la educación de los niños. Evidentemente era una escuela de muy reducidas dimensiones y un corto número de alumnos. Con el fin de llevarles y traerles, ofrecieron a Inma el empleo de transportarlos diariamente hacia y desde la escuela, con un coche grande que pusieron a su disposición. Para Inma, más que el interés económico de un modesto salario la movía el hecho de tener solucionado el problema para nuestras hijas, siendo a su vez un motivo de distracción que la mantenía fuera de casa algunas horas diariamente. La aventura, no obstante, duró poco tiempo. La viabilidad de la escuela se mostró pronto imposible. Los resultados no eran los esperados y las dificultades con el profesorado poco menos que insuperables, por lo que a los pocos meses se cerró la misma.
  De nuevo se planteaba el problema, y de manera cada vez más acuciante. Los buenos colegios, y los no tan buenos, estaban en Las Palmas e incluso más lejos, en Tafira, la más grande y lujosa zona residencial en las afueras de la Capital. La situación venía agravada por la ausencia de transporte regular o propiamente escolar desde el sur a la capital. No digamos, a las zonas periféricas de la misma. En esas condiciones, plantearse dos o más viajes diarios en coche para llevar a las niñas a un colegio tan lejano era totalmente imposible. Aparte el coste económico de tal transporte, el tiempo necesario en horarios intempestivos y los peligros de tales viajes por unas carreteras peligrosas en sí mismas, hacía inviable tal opción incluso compartiéndola con otros padres. Así las cosas, la única posibilidad consistía en encontrar un buen colegio con internado de lunes a viernes y recuperar a las niñas los fines de semana. La búsqueda dio como resultado el hallazgo del Colegio ***, en Tafira baja, que disponía de tal internado en un edificio aparte regentado por una mujer amable y educada que tenía a su cargo el cuidado de unas diez niñas. El colegio era explotado y dirigido por dos hermanos, Don X y Don Z *, de triste memoria. Dos elementos retrógrados y arcaicos, anclados en las viejas costumbres de "la letra con sangre entra", más propias de la época de Oliver Twist, que de los años setenta del siglo XX. Por suerte o por desgracia, tardamos en apercibirnos de estos hechos. Ni que decir tiene que la solución de un internado no nos satisfacía en absoluto, pero era la única posible para nosotros en aquella circunstancia y la tomamos muy a pesar nuestro.
  Los problemas no tardarían en aparecer. Habitualmente, recogíamos a las niñas el viernes por la tarde para disfrutar del fin de semana en familia y las reintegrábamos al colegio y al internado el lunes por la mañana. Lamentablemente, los problemas con los estudios de nuestra hija Inma no tardaron en aparecer. Ésta, más soñadora que estudiosa, difícilmente llegaba a las notas aprobatorias en algunas materias, lo que llevaba consigo el castigo de la supresión de libertad para llevárnosla a casa el fin de semana correspondiente. Castigo éste inadecuado y desproporcionado que se sumaba al ya básico de tener que vivir separada de su familia durante los días lectivos. Injusta, además, por discriminatoria, ya que las alumnas no internas no recibían penalización alguna cuando suspendían alguna asignatura. Este estado de cosas, difíciles de aceptar indefinidamente, nos llevó a tomar una decisión drástica que, lamentablemente, no tuvo un buen final. Efectivamente, un viernes por la tarde, como habitualmente fuimos a buscar a las niñas encontrándonos, una vez más, con la sorpresa de que Inma estaba castigada a permanecer en el internado el fin de semana. Ante la imposibilidad de hablar con la Dirección del colegio en ese momento y realmente enfadados, optamos por llevarnos a Inma para casa. Ya hablaríamos con el Director el lunes siguiente...Para nuestro asombro e indignación, aun no habíamos cerrado la puerta de casa cuando recibimos la llamada del propio Director, diciéndonos que "o devolvíamos a Inma al internado inmediatamente o no hacía falta que volviera a la escuela". Palabras textuales. De nada sirvió mi argumentación de cuán injusta era una medida punitiva de este calibre para una niña que ya padecía el hecho de permanecer interna por falta de transporte desde el sur de la isla. La absoluta inflexibilidad de aquel energúmeno (más tarde supimos que posteriormente fue encarcelado acusado de pederastia), no nos dejó otro remedio que rehacer el camino a Tafira para, con todo el sentimiento del alma y la pesadumbre de nuestra hija, devolverla al internado. Por desgracia, no teníamos alternativa alguna. Esta situación duró algo menos de dos años, hasta el momento que hallamos un medio de transporte, más o menos regular, que nos permitió tener a nuestra hija todos los días en casa.
  Por lo demás, la vida transcurría con toda la normalidad posible en un nuevo trabajo y responsabilidad que suponía mi entrada en la Dirección de establecimientos turísticos de gran volumen y, la de lidiar con plantillas de personal de más de doscientos elementos y con Comités de Empresa muy politizados, coincidiendo con la muerte del Dictador y los primeros escarceos de la incipiente democracia.
 
  Muchas gracias, amigo Mariano, por compartir este libro que, en principio escribiste para familiares  y para un círculo muy íntimo de amigos y que, con gran generosidad, has tenido a bien facilitarme.
 
 
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