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  Las Tres Heridas: Miguel Hernández, en el Centenario de su Nacimiento (César Puente Fuente)
 
 
 
 
  Las tres heridas: Miguel Hernández
 
  César Puente Fuente
 
En Orihuela, Alicante, en el otoño de 1910, concretamente el 30 de octubre, nació Miguel Hernández, hijo de un ganadero de esta parte sureña de la provincia de Alicante, tan próxima a Murcia por distancia, paisanaje y dialecto. Y tan próxima a Dios por capitalidad de provincia eclesiástica, por sede episcopal, hoy compartida con Alicante. Llegó, así, con tres heridas: la de la vida, la del amor y la de la muerte; y con el don y la pasión suficientes para escribirlas. Para escribirlas en verso, deprisa, porque las tres se acechaban mutuamente, como si fueran tres magos en su peripecia de 32 años de extensión.
 
La familia vivía de la compraventa del ganado, especialmente las cabras, y desde muy pequeño, Miguel hubo de colaborar en su cuidado, a modo de pastor. De pastor y, de paso, de observador de la naturaleza y sus signos sensoriales.
 
A la vez que asistía al colegio, religioso, por supuesto, donde disfrutaba, aprendía y hacía sus primeras amistades y daba sus primeros pasos en el mágico ejercicio del lenguaje poético.
 
Traba amistad con José Marín, poeta desconocido conocido por Ramón sijé, su seudónimo, gracias a Miguel Hernández, rico de fortuna y delicada salud, así como con un pequeño grupo de jóvenes trabajadores inquietos, con cierta vida intelectual. Y en el seno de ese grupo de amigos, fuera ya del ciclo educativo por orden inperativa de su padre, que desea que se dedique al negocio familiar, empieza Miguel a descollar en el uso de las palabras, los ritmos y las rimas. Sus primeras composiciones, pues, están enraizadas en los valores de la naturaleza, de la huerta del Segura de Orihuela, y en los valores religiosos imperantes en la sociedad oriholana, bajo la batuta de algunos directores religiosos y de su amigo Ramón Sijé. Y en las primeras sensaciones de un primer amor adolescente no correspondido.
 
Hasta que su terruño se le hace estrecho y asfixiante, y siente la llamada de Madrid, rompiendo con su padre y, ayudado económicamente por sus amigos, toma el tren hacia la capital de España, y aprende en ella que triunfar como poeta no es fácil, que el hambre existe, que existen personas de buena fe que pueden prestarte grandes ayudas en los momentos más difíciles, y que cuando se acaba el dinero tienes que volver al principio, otra vez en tren triste, a Orihjuela,aunque antes la Guardia Civil te vea con aspecto de maleante y te apalee y te detenga unos días sin abrigo en Alcázar de San Juan, haciendo la primera siembra de muerte en los pulmones y de rebelión ante la injusticia en el alma.
 
De nuevo en Orihuela, rumia su aparente derrota, sigue escribiendo en sus cuadernos característicos, casi escolares, sus composiciones poéticas, extiende sus amistades, y su obsesión vuelve a llevarle a Madrid. Porque es para Miguel madrid como Santiago para el peregrino, como Roma para el romero, como Jerusalén para el cruzado; incluso, como la Meca para el mahometano. Allí, en Madrid, el polígrafo santanderino José María de Cossío le da trabajo en su enciclopedia del toreo; algunos poetas le prestan su apoyo, Rafael Alberti y Teresa León le llevan al Partido Comunista; y Vicente Aleixandre a la amistad más desinteresada. Y unas cuantas mujeres, le abren sucesivamente los balcones hacia el amor apasionado, imposible en los rituales huertanos, entre las que destaca la pintora Maruja Mayo. Y con todo ese matrial, surge, compone y publica "El Rayo que no cesa", donde //un carnívoro cuchillo /de ala dulce y homicida, /sostiene un vuelo y un brillo /alrededor de mi vida.// 
 
NO es su primera obra, ni la última, pero tal vez sí la mejor. Y poetas y críticos se interesan por el autor, enttre los que cabe citar a Pablo Neruda.
 
En 1935, fallece Ramón Sijé, a quien le será compuesta por Miguel la Famosa Elegía, que le dará la inmortalidad que no logró alcanzar por mérito propio, pese a que se habían distanciado en su amistad, tanto por motivos ideológicos como estilísticos.
 
Comienza la Guerra Civil española, participando el poeta directamente por deseo personal en el frente en diversas zonas complicadas, y en la defensa de Madrid, y escribiendo poemas para la ocasión. En 1937, tras una relación con altibajos por carta, se casa finalmente con Josefina Manresa, a quien había conocido en Orihuela siendo el muy joven, formando parte de un grupito de muchachas costureras. Y de su relación matrimonial, discontinua, nace primero un hijo que consigue ver la luz escasos meses, y luego otro, a quien dedicará la "Nana de la Cebolla".
 
Finaliza la Guerra, sus amigos le aconsejan que huya desde Portugal, hacia donde va por Huelva. Le detienen en el país vecino, creyéndole un ladrón, al sorprenderle con el reloj de oro que Vicente Aleixandre le regaló por su boda con Josefina. Lo devuelven a España, y un paisano suyo, Guardia Civil, lo reconoce y lo denuncia como poeta republicano. Ello le lleva a una peregrinación a través de las prisiones y juzgados,hasta ser devuelto a la prisión de Alicante, en la que se le agrava la tuberculosis. Es condenado a muerte, por lo que algunos de sus amigos se movilizan, hasta el punto de que José María de Cossío consigue que le sea conmutada por cadena perpetua. Piden la intervención del importante eclesiástico Almarcha, más tarde Obispo de León, que había sido uno de sus principales orientadores literarios en su juventud, quien le pide que abjure por escrito de sus ideas, para salvar el alma. Y Miguel Hernández Gilabert decide no aceptar, mantener su integridad, seguir siendo él, hasta el 28 de marzo de 1942.
 
Cuando le amortajaron, alguien subrayó que seguía en la muerte con los ojos abiertos, que nadie le había cerrado. Era imposible. Según Gregorio Marañón, lo era porque el poeta padecía hipertiroidismo, enfermedad que, entre otros síntomas, no deja cerar los ojos en la muerte, o que en la vida dota de una mirada muy especial, algo parecida a la de algunos locos, que le causó no pocos problemas en su vida, y la falta de correspondencia en el primer amor.
 
Y el recorrido de la otra senda, hecha de soledad y olvido, en una tumba casi anónima del cementerio alicantino, hasta el comienzo de la Transición, hasta que Serrat, Joan Baez, Paco ibáñez, hicieran algunos de sus poemas mágicos sonidos, o en los Institutos comenzasen a enseñar a otros poetas, más en contacto con la vida y sus pasiones, con lo humano, el lenguaje castellano y sus nuevas formas, y entre ellos a un tal Miguel Hernández.
 
Y aquí, en Orihuela, Miguel Hernández, gran poeta y rojazo, escritor de poesías que han leído en otros sitios, tiene el inicio de su senda de poeta, hasta el cementerio de Alicante, que transcurre en tres etapas, para que la hagan a pie cuantos quieran, porque, como dijo José Marín, era amigo de bolsillo pobre, y no usaba vehículo, ni sus obras le dieron de comer, sino los toros,ni su padre amparo, porque era Júpiter, y, como su hijo, el sigue siendo el rayo que no cesa, con los ojos abiertos para verlo desde la eternidad, mientras los descendientes cambian versos por euros, los Ayuntamientos de Elche y Orihuela tratan de resolver sus diferencias, pero no mucho. Y en el Libro Hablado de la ONCE graban el libro del escritor y periodista alicantino José Luis Ferris: "Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta", que cuenta con detalle y rigor, a la vez que amenidad, la peripecia de su vida.
 
Porque es, lo habéis adivinado, el centenario de su nacimiento, el nacimiento de quien a sí mismo se relataba:
 
Por una senda van los hortelanos,
Que es la hora sagrada del regreso, con la sangre injuriada por el beso
De inviernos, primaveras y veranos.
Vienen de los esfuerzos sobrehumanos,
Y van a la canción, y van al beso,
Y van dejando por el aire impreso
Un olor de herramientas y de manos.
Por otra senda yo, por otra senda
Que no conduce al beso, aunque es la hora,
Si no que merodea sin destino.
Bajo su frente, trágica y tremenda,
Un toro, solo, en la rivera llora,
Olvidando que es toro y masculino.
 
 
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