SIÉNTATE CONMIGO
  La Pesadilla de Carlos (Helena Ríos de Utrilla)
 
 
 
 
  LA PESADILLA DE CARLOS 
 
  Helena Ríos de Utrilla
 
  Los exámenes del trimestre por fin habían terminado y, como siempre, Carlos confiaba en aprobarlos con buenas notas. Ante él, todo un glorioso fin de semana; sin deberes y sin tener que estudiar ya que la semana siguiente serían las recuperaciones, después, claro está, llegarían las ansiadas vacaciones de Semana Santa. Mientras caminaba despacio hacia casa, vencido por el cansancio y el peso de los libros, solo pensaba en pedirle a su madre que le hiciese algo bueno para merendar, algo que llenase su estómago, pues el mejunje aguachinoso del colegio, al que llamaban eufemísticamente potaje de acelgas, tenía más agua verde que acelgas o garbanzos, y sus tripas ya hacían ruido reclamando alimento. A sus nueve años Carlos no estaba gordo, a pesar de su voraz apetito, pues por aquel entonces casi ningún chico lo estaba. Todos gastaban de sobra sus energías jugando al balón en la calle, haciendo excursiones a la abadía abandonada o yendo a la balsa a buscar ranas. Antes no se concebían los gimnasios fuera del entorno escolar y la única instalación deportiva municipal se reducía a un destartalado campo de fútbol,  con las líneas de campo torpemente delimitadas sobre una dura superficie de tierra parduzca.
  Carlos llamó al timbre, y al no obtener respuesta, sacó su pesada llave y abrió la puerta de casa. En el taquillón encontró una nota con la pulcra caligrafía inglesa de su madre: "Estoy en la peluquería. Prepárate la merienda y no vuelvas más tarde de las ocho. Besos. Mamá".
  Con desgana, dejó tirada la cartera al lado de la puerta de la cocina, luego la recogería. Si quería irse pronto a la calle tendría que darse prisa con la merienda. Lo primero sería calentar un poco de leche en el cacillo. En una merienda que se precie siempre tenía que haber un vaso de leche. Decían que para crecer, pero Carlos no estaba totalmente seguro, por más que se lo repitiese su madre, pues los hermanos Gómez se hinchaban de leche todos los días, que para eso su padre tenía una vaquería, y resulta que ninguno de ellos era alto. Miró dentro de la panera y encontró un hermoso bollo de pan blanco, perfecto para un bocadillo. Luego inspeccionó el frigorífico y nada especial llamó su atención. Entró en la despensa y la visión de la quesera con un trozo pequeño de duro queso manchego le frustró. A continuación un aroma familiar llegó a su nariz, cómo se le podría haber pasado por alto aquel extraordinario manjar. De un estante  cercano tomó una tripa de salchichón casero envuelta en un paño untado con aceite y lo observó con delectación. Al cabo de una media hora Carlos había dado buena cuenta del vaso de leche, del bocadillo de salchichón, y a modo de remate final, engulló también dos onzas de chocolate y cuatro galletas maría. Se lavó las manos y se fue a casa de su amigo Fernando para jugar a los cromos.
  Al tiempo que el reloj de la plaza daba las ocho, Carlos entraba en su casa y nada más pasar al portal ya sabía que tenían visita, el perfume a beata de la tía Angustias siempre delataba su presencia, esa colonia con olor a incienso era absolutamente inconfundible. No le apetecía nada tener que saludarla, y menos aún, tener que darle un beso en esa cara apergaminada y con algunos pelos tiesos en la barbilla. Subió las escaleras concentrado en no hacer ruido, con idea de poner en práctica una táctica de evasión, pero seguramente su madre habría escuchado la puerta y  lo llamó para que fuese a la sala. No había escapatoria posible, daría las buenas tardes y rápidamente, con cualquier excusa, se quitaría de en medio. Después de los besos de rigor, del pellizquito en ambas mejillas y del consabido "Pero cuánto ha crecido este niño desde que no lo he visto" o "Cómo se parece a su padre" su madre le preguntó.
  -¿Qué has hecho esta tarde?
  -He merendado y después he estado en casa de Fernando jugando a los cromos y luego salimos a la plaza para echar un partido con César, Mariano, Eutiquio, Ximo y Juan.
  -Eso está bien pero te has dejado la cartera tirada en la puerta de la cocina, ve a recogerla, que ya eres grande para que yo tenga que ir detrás de ti diciéndote lo que tienes que hacer.
  Antes de que Carlos saliese de la habitación, su madre le preguntó.
  -¿Qué te has preparado de merienda?
  Carlos se volvió y contestó.
  -Llegué del colegio con mucha hambre, me tomé un baso de leche, un poco de chocolate, unas galletas y un bocadillo.
  -Vaya, vaya lo que traga este chico, cualquiera lo diría, igualito que tu padre cuando era niño -comentó la tía Angustias.
  -¿De qué te has hecho el bocadillo? -preguntó la madre de Carlos con curiosidad.
  -De salchichón -respondió Carlos sin gana de alargar más la conversación.
  -¿Has dicho salchichón? -inquirió la tía Angustias con los ojos muy, muy abiertos, casi desorbitados.
  -Sí -respondió Carlos intimidado a media voz.
  -Muchacho pero es que no sabes qué día es hoy.
  -Creo que viernes -titubeó Carlos con cara de no saber por donde venían los tiros.
  -Sí viernes, pero no cualquier viernes. Es nada más y nada menos que viernes de Cuaresma.
  La cara de Carlos primero se puso blanca como la cera y después, en cuestión de segundos, se fue tornando roja. Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar, pero a la tía Angustias no le faltaron las palabras.
  -Has incumplido uno de los mandamientos de nuestra Santa madre Iglesia. Has ofendido gravemente a Dios nuestro Señor, el que murió en la cruz por todos nosotros. Has cometido un grave pecado, un pecado mortal -y pronunció estas dos últimas palabras con un énfasis especial.
  Carlos permanecía pegado al suelo, inmóvil e incapaz de escapar de la  sala, mientras que infatigable, la tía Angustias, seguía y seguía sermoneando,   igual que un cura en la misa del domingo, sin que nadie se atreviese a  impedirlo.
  -¡Dios mío a dónde vamos a llegar! ¡Señor y eso que vas a un colegio de pago! Ya decía yo que eso del Concilio Vaticano II no traería nada bueno. La misa, por supuesto, en Latín, como Dios manda, y en la Cuaresma, si de mí dependiera, quitaba la abstinencia y ponía ayuno obligatorio todos y cada uno de los viernes. Pocas normas tenemos y menos todavía queremos. Estos curas de ahora son todos unos blandos. Menos mal que todavía tenemos algunos curas de los de antes. Llamaremos a don Robustiano y así puede confesar al chico antes de que sea más tarde. Voy a buscar su número de teléfono -Y acompañó sus palabras con una exhaustiva búsqueda de algo dentro de su bolso negro.
  Afortunadamente la madre de Carlos vio el momento propicio para intervenir, una vez que la vieja tía Angustias se hubo desahogado a sus anchas.
  -No creo que sea necesario molestar a don Robustiano a estas horas, creo que ya es un poco tarde. Me encargaré personalmente de que Carlos vaya mañana a confesar.
  La tía Angustias hizo un gesto como de tragar vinagre, pero la madre de Carlos, hábilmente le cambió de tema de conversación y Carlos aprovechó su oportunidad para salir discretamente de la escena.
  Durante la cena Carlos permaneció callado, como era su costumbre, por que a don Carlos, su padre, le gustaba escuchar el Telediario sin ninguna interrupción. Temió que su madre en cualquier momento, haciendo un inciso, le comentase lo del "pecado mortal", y con tan solo pensarlo a Carlos le temblaba la cuchara en la mano. Estaba deseando que terminase la cena y poder retirarse a su cuarto, esa noche ni se le ocurriría pedir permiso para ver el "Un dos tres". Por fin, apuraron las natillas y se levantaron de la mesa sin que el asunto fuese mencionado. 
  Antes de que Carlos se acostase, su madre entró en su habitación para darle las buenas noches, y ¿como no? también para recordarle que al día siguiente debía confesarse de forma inexcusable, si no quería que su padre se acabase enterando de todo, y lo que era peor, que tomara cartas en el asunto. Conociendo Carlos el carácter serio y reservado de don Carlos no daría lugar a ello, temía más a un castigo de su padre que al mismísimo diluvio universal, aunque realmente jamás lo hubiese castigado.
  Una vez en la cama y sin poder conciliar el sueño, en su cabeza pesaban como losas de granito dos enormes palabras, "pecado mortal". Sentía una terrible opresión en el pecho y muchas ganas de llorar, pero se contuvo y rezó sus oraciones habituales. Viendo que no se dormía, decidió rezar un rosario, rogando a Dios no morir esa misma noche para no ir de cabeza al infierno. ¡Eso sería horrible! Pero el sueño, que es fuerte en la infancia, lo acabó venciendo nada más empezar el tercer misterio. Quizá hubiese sido mejor permanecer despierto, pues su descanso en aquella noche acabaría convertido en pesadilla. Primero se vio asaltado por confusas imágenes infernales de demonios y de almas en pena que susurraban su nombre de forma inquietante, también veía a la tía Angustias que seguía y seguía sermoneándole con grandes aspavientos. Cuando por fin el sueño se tornó más sereno, volvió a verse de nuevo en la cocina de su casa calentando la  leche, mirando el contenido del frigorífico, revisando después la quesera medio vacía, y luego encontraba la hermosa tripa de salchichón e iba a cogerla, pero sus dedos la notaron moverse levemente, como arrastrándose por la estantería de la despensa, mientras que, poco a poco, se transformaba en una serpiente que abría una boca de enormes dientes afilados, persiguiéndole y siseando de un modo amenazante. Cuando despertó tenía un fuerte dolor de cabeza y pinchazos en el estómago, a duras penas, tuvo tiempo para llegar al cuarto de baño y vomitar. Después se sintió un poco mareado pero algo más aliviado, aún quedaba lo más importante, tendría que confesarse aquella misma tarde y no sabía cual de los sacerdotes sería más benévolo con su pecado, solo tenía claro que no quería confesarse con don Robustiano, ese cura de negra sotana le daba un poco de miedo, y para colmo, si era del gusto de la tía Angustias sería muy severo. Lo consultaría con sus amigos ellos le ayudarían, estaba seguro.
  Por la tarde en la plaza de la Iglesia, antes de que comenzara la celebración comunitaria de la penitencia,  Carlos les reveló a sus amigos.
  -Tengo que entrar a confesar y necesito consejo.
  -Mejor vámonos a echar un partido -dijo Ximo.
  -No puedo, tengo que confesarme esta misma tarde, se lo he prometido a mi madre -argumentó Carlos.
  -Pero si tú siempre eres bueno -dijo César con convicción de amigo.
  La cara de Carlos se ensombreció  y Mariano preguntó.
  -¿Qué has hecho para tener que confesarte con tanta prisa?
  -Tengo que confesarme por que tengo un pecado mortal -respondió Carlos hablando en un susurro, temeroso de ser escuchado por otros oídos distintos a los de sus amigos.
  -¿Has visto a tu vecina en bragas y sostén? -quiso saber Juan.
  -Es algo peor, mi tía Angustias se ha enfadado mucho es que yo, bueno yo.
  -Pero cuéntalo de una vez -soltó impaciente Eutiquio.
  -Yo he comido carne un viernes de Cuaresma -dijo Carlos avergonzado.
  -Parece malo pero no creo que sea para tanto -dijo Fernando convencido.
  -¿Qué podemos hacer para ayudarte? -preguntó Ximo.
  -Necesito que me digáis qué cura es el mejor para confesarme; el que me pueda echar menos penitencia y además que no se lo vaya a contar a mi padre.
  -No sé, yo no me fiaría de don Robustiano, es muy serio -dijo Juan y fue secundado por todos.
  -Yo también quitaría a don Víctor por ser el capellán del colegio y muy amigo de mi padre, no me fío de que se lo pueda contar todo, y si lo hace, me la cargo y no me libra ni mi madre.
  -Pues yo quito a mi tío don Antonio, que fue militar en la guerra y  también es muy serio -dijo César.
  -¿Ese es el Jesuita que viene a predicar en las novenas y que da clase en Madrid? -preguntó Juan.
  -Sí -respondió lacónicamente César.
  -Ese también parece muy serio -asintió Mariano.
  -Entonces, ¿Cuántos curas me quedan para poder confesarme? -preguntó Carlos con impaciencia.
  -Don Anselmo, don Benito y don Matías -enumeró Mariano con eficacia.
  -¿Con cuál me confieso? -inquirió Carlos con cierta angustia, pero sus amigos se perdieron en murmullos y no le decían nada concluyente que le ayudase.
  Fernando aportó entonces una idea interesante.
  -A esos otros curas casi no los conocemos pero podemos preguntarles a las niñas, ellas se confiesan más a menudo que nosotros. ¡Venga a ver qué nos dicen!
  En un santiamén los chicos se organizaron para ir preguntando a las niñas que jugaban a la comba, al otro lado de la plaza. Carlos y César se habían quedado a la espera. Carlos no quiso preguntarles por si le notaban  las chicas que él era el del pecado, y a César le daba mucha vergüenza  hablar con Blasi. Allí estaban hablando y hablando, ya llevaban un rato. Carlos se impacientaba por momentos, parecía que nunca se cansarían de hablar. Desde allí podía verlas a todas arregladas con sus vestidos de amplias faldas estampadas con lazadas en la cintura. Aquella tarde estaban toda la panda reunida; Alicia, Puri, Charo, Blasi, Cathy y la pequeña Helenita. Por fin los chicos volvieron con la respuesta: don Matías, sin ninguna duda, era el mejor  entre todos los curas.
  Siguiendo el consejo que le habían dado Carlos se puso en la fila del confesionario asignado a don Matías, meditando, una y otra vez, cómo afrontaría la confesión. En su cabeza repasaba los pasos del sacramento de la penitencia aprendidos en el colegio. Primero el examen de conciencia, seguido del dolor de los pecados y del propósito de la enmienda, después decir los pecados al confesor, y por último, cumplir la penitencia. Cuando le faltaban cuatro o cinco personas para llegar al confesionario, una beata, amiga de su tía Angustias, le cogió de la mano y dijo que esa fila debía confesarse con don Antonio que ya había terminado y su confesionario estaba vacío. ¡Horror! tendría que confesarse con el tío jesuita de su amigo César, pero la suerte ya estaba echada, pensó Carlos con resignación cristiana, pues precisamente estaba en la Iglesia.
  -Ave María purísima -dijo Carlos al arrodillarse ante el confesionario.
  -Sin pecado concebida -respondió la voz profunda y bien modulada de don Antonio.
  -Padre yo, yo, bueno yo he pecado -acertó Carlos a musitar.
  -Bueno hijo, empecemos por el principio. ¿Cuándo fue la última vez que te confesaste?
  -La semana pasada con don Víctor en el colegio -respondió Carlos atropelladamente, casi sin respirar.
  -Tranquilo hijo, cuéntame ahora las faltas que has cometido, para que nuestro Señor, a través de mí, pueda perdonártelos.
  -Padre, yo he cometido un grave pecado mortal -admitió Carlos, bueno, ya estaba dicho.
  El padre Antonio, de un plumazo, se sacudió la modorra de escuchar en distintas voces los mismos pecados de siempre. ¿Sería posible que un chico, cuya mirada parecía limpia hubiese cometido un grave pecado mortal? Bueno, trataría de no asustarlo y que le pudiese contar todo con detalle.
  -Cuéntamelo todo, tranquilo muchacho.
  -He comido carne un viernes de cuaresma.
  -¿Cuándo fue eso?
  -Ayer mismo, padre.
  -¿Y cómo fue?
  Carlos le contó a don Antonio que salió con hambre del colegio, que estaba solo y que se preparó un bocadillo de salchichón para merendar.
  -¿Lo hiciste a sabiendas para ofender a Dios nuestro Señor? --preguntó serio don Antonio.
  -No, padre, no me acordé de la Cuaresma ni de la abstinencia, solo tenía hambre y me apeteció tomar el salchichón -admitió Carlos con un nudo en la garganta, tragándose las lágrimas.
  -¿Hablaste después con tus padres?
  Carlos le contó a don Antonio la conversación con la tía Angustias y lo mal que lo había pasado por la noche con la pesadilla y al levantarse y vomitar. El padre Antonio pareció meditar un instante que a Carlos le pareció eterno.
  -Debes ser cuidadoso, como buen cristiano, con el ayuno y la abstinencia. No se te debe olvidar para otra ocasión. -Se alisó la estola e hizo la señal de la cruz-. Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.
  -Padre, se le ha olvidado la penitencia -dijo Carlos extrañado.
  -A mí sí, pero a dios no se le ha olvidado, bastante penitencia has tenido con el sermón de tu tía y la noche de pesadilla. Anda ve en paz.
 
  Carlos salió de la Iglesia aliviado y dispuesto para jugar un buen partido con los amigos, aunque en una buena temporada no volvería a comer salchichón, pues le volvían las imágenes de su particular pesadilla, y todavía esta historia, aunque han pasado muchos años, ha sido contada una y otra vez, a sus hijos y luego a sus nietos en la Semana Santa, mientras en familia se disfruta de los pestiños, los roscos fritos y las torrijas.
 
 
 
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