SIÉNTATE CONMIGO
  Rogelio (Brígida Rivas Ordóñez)
 
 
 
 
  Rogelio.
 
  Brígida Rivas Ordóñez. Alicante, España
 
Aunque era domingo Elsa no se tomaba un respiro. Muy temprano había salido con su maletín donde ordenadamente estaban las muestras de los cosméticos con los que se ganaba la vida. Los vendía meticulosamente poniendo en la tarea todo su empeño. Cierto era que disfrutaba con ello, por lo que, cuando trabajaba, espontáneamente afluía a su agraciado semblante una luminosa sonrisa.
Elsa había rebasado los treinta pero lo ocultaba tras su esbelta figura y aquella sonrisa de niña inocente. Tenía una frágil figura con una elegancia innata, que realzaba los sencillos atuendos que cubrían su cuerpo; El pelo negro en un gracioso recogido en la parte alta de la cabeza, del que escapaban algunos mechones que le conferían un simpático desaliño, los ojos muy azules, la boca bien dibujada, el cuello largo, los pechos apenas perceptibles, la cintura estrecha y las piernas largas de ágil andar. Esto y su buen carácter eran todas las armas que poseía para ganarse la vida.
Fue la número siete de una modesta familia que no pudo darle estudios, ni legarle fortuna. Ella lo había comprendido bien, por lo que con su natural inteligencia se había proporcionado una elemental cultura, que le permitía alternar en su ambiente sin muchos problemas.
Hacía tres años que Marcelo, un joven de buena familia, se había prendado de ella y le había pedido que fuera su esposa. No era mal chico, pero, hijo único de un prestigioso abogado, había crecido muy mimado y aunque empezó varias carreras universitarias, no acabó ninguna a pesar de ser inteligente. A sus 32 años no tenía proyectos de futuro, había tenido varias novias que lo dejaban plantado cuando se daban cuenta de que con aquel chico tan simpático y extravertido no llegarían a ninguna parte.
 Su madre, deseosa de un nieto, le iba buscando proporciones matrimoniales que rechazaba, porque "él, no tenía ninguna prisa, y además, todas aquellas chicas eran unas pasguatas, beatas. Su padre usó sus influencias para colocarlo de gerente en la Empresa de un amigo suyo, para mantenerlo activo. Rogelio era simpático, no muy atractivo pero tenía buen corazón y se ganaba la estima de cuantos lo conocían.
Hacía verdadero calor aquel mes de agosto, y aunque Elsa había madrugado, ya era mediodía y el sol apretaba, el maletín pesaba y los tacones que siempre se calzaba cuando iba a trabajar, le estaban martirizando los pies. Ya casi llegaba al apartamento, que Marcelo le había proporcionado en la ciudad, pero lo estaba pasando mal. Un coche que la adelantó le llamó la atención por la matrícula que después de la numeración acababa en “NO”
A los pocos metros lo encontró parado en la carretera. El chofer, de unos treinta y cinco años, no muy agraciado físicamente, tenía unos profundos ojos grises y una encantadora sonrisa que infundía confianza y acercándose le preguntó por la dirección de un hotel imaginario. Por supuesto Elsa no pudo informarlo, y se disponía a continuar su camino, cuando, cogiéndole el maletín, -Permítame ayudarla, -le dijo, mientras abría la puerta del copiloto invitándole a entrar. Tras un momento de vacilación entre la prudencia y el dolor de sus pies, Elsa aceptó. ¿Donde la dejo? Ese hotel que busco está camino de tu casa. Ella soltó una espontánea carcajada al comprender la hábil forma de abordarla que había usado. Siguieron varios comentarios ingeniosos para hacerse perdonar la artimaña y la conversación se hizo fluida como si fueran viejos conocidos.
Se presentó: Él, Rogelio, era viajante comercial y aquella mañana de domingo no tenía nada que hacer.
-¿por qué no nos vamos a la playa y lo pasamos bien? -dijo Rogelio.
--Eso era una buena idea, pensó Elsa, pero no le parecía oportuno aceptar sin más aquella invitación. Contestó con evasivas y viendo la insistencia del joven, acabó aceptando, total el programa que tenía por delante ese día de fiesta para paliar su soledad, era entretenerse con algo de la tele, Ya que Marcelo, su novio, ese día estaba en la finca de su jefe.
Habían llegado al edificio donde vivía ella, y Elsa subió al apartamento y bajó transformada, con un conjunto playero de vivos colores, que ocultaba un bikini a juego y que desmentía la fecha de nacimiento inscrita en su DNI. Rogelio silbó adulador mientras le abría la puerta del coche.
Lo primero iremos a comer algo -dijo, mientras ponía el coche en marcha. Conozco un lugar en el que nos atenderán bien. Elsa se opuso, solo irían a darse un chapuzón.                                                                                                                       Desconfiaba de estas invitaciones que luego quieren "cobrar en especie", aunque aquel joven no parecía sospechoso de tales mañas.
Rogelio le contó que se había levantado tarde y estaba sin desayunar. Casi por instinto maternal, Elsa cedió a sus deseos y en un chiringuito medio escondido en la sombra de un cañaveral, tomaron una cerveza y algunas tapas. Era un paraje recoleto con una mínima playa de cantos redondos, blancos y lisos. Enseguida se zambulleron entre las olas disfrutando del sol, de la brisa y de su libertad. Volvieron a la playa, que estaba desierta, y Elsa relajada y confiada, se adormecía cuando notó que él le pasaba la mano por el cuello. Se incorporó sobresaltada y retiró la atrevida mano, mientras él explicaba que solo intentaba sacudirle una hormiga. Después adoptó una actitud ofendida y se alejó caminando por la orilla. Ella sentía que se hubiera ofendido y lo llamó para disculparse, pero el joven no se dio por enterado.
Pasó media hora sin que Rogelio volviera, y Elsa empezaba a preocuparse por si se quedaba sola, sin medio de transporte. Se reprochaba el estar allí con un desconocido y pensaba en lo a gusto que se sentiría al lado de Marcelo, que aquel día había preferido ir de caza con su jefe. -Porque, se va a enterar ese tío, quien tiene mejor puntería -decía refiriéndose al dueño de las bodegas donde trabajaba como representante de sus afamados caldos. Con tristeza Elsa comparaba el amor que le profesaba, con la actitud indiferente que él demostraba a la hora de programar sus ratos de ocio, en los que muy a menudo ella quedaba excluida. Una partida de billar, una jornada de pesca, el compromiso de acompañar a su madre en una reunión familiar, eran pretextos válidos para que Marcelo la dejara abandonada alegremente, mientras ella intentaba pasar el rato con alguna amiga superficial. Porque Elsa no tenía amigas, ya que todo el tiempo que le dejaba libre su trabajo lo supeditaba a las exigencias de su novio. Ahora se sentía incómoda en aquella situación. Además, en el fondo de su mente resurgían los principios que habían sembrado en su infancia, inculcando en ella un candor cercano a la santidad, como en el siglo pasado se predicaba desde los púlpitos, se exhortaba desde los confesionarios, y la moral de la época exigía. Seguía fieles a ellos, aunque ya había dado algún paso en falso, inmersa en los ejemplos que la vida ofrecía. Además, tampoco ella estaba, ya, tan segura de todas aquellas normas machistas.
Rogelio volvió, se sentó a su lado con la mirada en el horizonte y el gesto triste. Ella se disculpó deseando verle animado. No te preocupes -dijo él- ese es mi destino, cuando quiero agasajar a una persona con la que desearía pasar toda la vida, algo se tuerce y lo que merece conservarse limpio como un tesoro, se viene abajo. Se le veía tan abatido, había tal sentimiento en sus palabras que Elsa pensó que se iba a echar a llorar.
-No digas eso, cariño, todo ha sido un mal entendido -le decía Elsa. Muchos hombres me han hecho ser desconfiada. Muchas veces he sufrido un desengaño de quien menos lo esperaba.
-No lo dudo, -decía él, es mucha la feminidad que de ti emana y no se puede uno evadir de su dulce influjo. Sus palabras eran cálidas y su expresión triste. Elsa hubiera dado cualquier cosa por volverlo a ver sonriente y feliz, cogió su mano cariñosamente y la retuvo un momento. Rogelio se la llevó a los labios y la besó ardientemente, luego la apretó sobre su pecho mientras su respiración se agitaba y su corazón latía atropelladamente. Ella lo miró impresionada y en el fondo de sus ojos vio la súplica desesperada de su ardor que le llevó hasta vencer su negativa. Sin cambiar palabras, sin caricias, sin preámbulos, se desató la pasión contenida en aquel cuerpo joven que ya no era dueño de sus actos. Elsa se dejó llevar por su ternura y, como la madre que por ver feliz a su hijo, le permite un capricho que considera inconveniente, cedió a su muda súplica.
Ahora recuerda aquellos momentos en plena Naturaleza, a la luz del sol, con los cuerpos impregnados de agua salada, como la experiencia más natural y distendida de cuantas había experimentado hasta entonces y las que después experimentaría.
 
Alicante, junio 2018
 
 
 
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