SIÉNTATE CONMIGO
  Don alfredo Díaz Donate; Conversaciones con Pedro Zurita, 14-06-2005 (Transcriptor Carlos andres)
 
 
 
 
  Don Alfredo Díaz Donate
  (Primera Sesión, 14/06/2005)
 
  Transcriptor: Carlos Andrés
 
  EL presente texto es un resumen de una serie de grabaciones que Don Alfredo Díaz Donate y su esposa Herminia álvaro realizaron el año 2005 a solicitud de Pedro Zurita Fanjul, ex Secretario General de la Unión Mundial de ciegos.
  El autor de este resumen, Carlos andrés Vallejo, se ha limitado, en primera persona, a transcribir lo más literalmente posible lo relatado por ambos en dichas grabaciones.
 
  Por diferentes libros viejos que yo he manejado, alguno de ellos copiados al sistema Braille en 1870, por ejemplo, un libro de solfeo, un compendio de Historia de España de Blasco y otros que ahora no recuerdo., sé que existió un colegio en la calle San Mateo nº 5 de Madrid. Dicho colegio, primero dependiente del Ministerio de Instrucción Pública y más tarde del de Educación Nacional, fue trasladado a La Castellana 69 a principios del siglo XX, y en él convivían, mejor dicho, estaban encerrados los sordo-mudos y los ciegos que se llevaban a matar. Uno de esos sordo-mudos era el sr. Villanueva, que durante muchos años ejerció como peluquero de los alumnos del colegio de la Inmaculada Concepción de la ONCE que, a buen seguro,  muchos recordarán y que era un bendito de Dios, un ser amistoso y con el que daba gusto hablar (el que supiera y pudiera, claro).
  A propósito de esta extraña convivencia de discapacitados, se contaban, a modo de broma de mejor o peor gusto, que en cierta ocasión llevaron, en salidas organizadas, a los ciegos a una corrida de toros y a los sordos a un concierto; así como que se regalaron lapiceros y pinturas a los ciegos y armónicas a los sordos.
  En 1932 se produjo un nuevo traslado, esta vez, separando definitivamente a los sordo-mudos de los ciegos -supongo que porque se dieron cuenta de que no solo no podían convivir sino casi, casi ni coexistir- , yendo a parar estos últimos a Chamartín, paseo de La Habana 208, a una finca llamada Quinta de San Enrique, que tenía leyendas de ludopatía trágica con el ahorcamiento del dueño (quizá el Duque de Pastrana) del que se comentaba que se había jugado la mujer y las hijas, y también de que estuvo en ella Napoleón con la panadera (cosa muy poco probable). Esta finca de una extensión superior a dos hectáreas, fue el colegio de la Inmaculada Concepción de la ONCE, más tarde CRE Antonio Vicente Mosquete. Durante muchos años existió el llamado "árbol del ahorcado". Actualmente ignoro si sigue estando.
  A partir de ese año (1932) comenzaron a entrar en ese centro unos privilegiados, que así se les puede llamar, puesto que les sacaron del seno de su familia para hacer una vida casi de lujo. Yo ingresé un 13 de septiembre de 1933 cuando tenía 11 años, y éramos unos 100 alumnos entre chicos y chicas. Había coeducación y, por tanto, las clases eran mixtas.
  El clima del colegio era muy particular. Había diferencias entre mayores y pequeños, pegándoles, en ocasiones, los primeros a los segundos.
  De aquellos años recuerdo a varios compañeros y compañeras, tales como Santos Fernández, un capitoste que a sus 16 años era el jefe del partido comunista del colegio; un aragonés, Pedro Fortén; Agustín Peña; Lorenzo Lobato; Fidel Lobato; Carlos Nabas; Antonio Blanco, un pequeño pedante, simpático, agradable y listísimo al que todos queríamos, a pesar de ser muy redicho, y relumio. Juan Merchán, que era una especie de homínido, de tan bruto como era, pero muy listo; Antonio Hierro y la que después fuera su mujer, Mercedes Hormigós, y algunos más. Herminia, mi mujer, y Luisa Pino fueron al colegio en 1936.
Por lo que respecta a maestros y autoridades del mismo, recuerdo a un "forajido" (Alfredo Mena) maestro y jefe de internado, muy bruto y de unos modales que lo convertían en una mala bestia, un auténtico asno empinado. El director era don Gregorio Hernández de la Herrera, pediatra-puericultor, con cierto relieve en el partido socialista, muy ilustrado, muy buen médico. Como jefa de internado estaba María Clara Arroquia (Clarita) un ser al que se le podían aplicar aquellos versos de Amado Nervo: Era llena de gracia como el Ave María; quien la vio no la pudo ya jamás olvidar. Era una especie de santa laica. Rafaela Placer, persona bondadosa, estuvo en el colegio de la Castellana, pero no en el del paseo de La Habana.
  Teníamos, también, a un sordo-mudo y ciego llamado César Torres Coronel, que se consideraba más afortunado que los mudos porque él hablaba con sintaxis perfecta, mientras que los otros usaban el modo infinitivo para hablar (yo comer, ayer yo ir a mi casa...) y eso es cosa de hombres primitivos. Traducía francés. Picado de viruelas y más feo que Picio, era muy inteligente y orgulloso. Estuvo trabajando en la imprenta hasta  la década de los 60. Le sacábamos motes y se enfadaba mucho.
  Doña Pura empezó a partir de 1939, al igual que Pedro Negro, médico ya en el colegio gestionado por la ONCE. Eran cuñados. Este último, se decía que era propietario o copropietario de un hotel situado en la calle de Mateo Inurria, cerca de la Plaza Castilla, y conocido por el nombre de "Hotel del Negro".
  Los profesores eran, en su mayoría ciegos. Por ejemplo:
  Marcos Hernández, marido de Teodosia (doña Teo muy popular y querida entre nosotros) al que llamábamos "el Lobo" por su genio feroz. Era una bellísima persona, pero de un genio insoportable. Era muy proclive a ayudar a todo el mundo, pero daba unos capones que encendían el pelo.
  Don victoriano Dueñas, al cual llamábamos "la Cigüeña".
  Don Antolín Mayoral, al que llamábamos "el Corcho" porque cuando le extrañaba una cosa siempre exclamaba: ¡Corchoooos!
  Don Vicente Hocón, que murió pronto de una angina de pecho.
  También estaba don José María Franco Bordons, muy ilustre director de orquesta, compositor y profesor del Conservatorio. Era vidente y ejerció de profesor hasta la década de los 60. Era un excelente músico,  de conocimientos profundos y extensos y de una cordialidad poco común.
  Luis Antón, profesor de violín, y violinista concertino de la Orquesta Nacional. También era vidente.
  Había profesores de solfeo como el sr. Ramos, padre de Margarita; Rafael Sánchez Tirado; Eastur Vino-Andreu, marido de Isaber; Antonio Rincón, hombre muy castizo que usaba la capa, y que era compositor, sobre todo, de chotis y polcas; Ciriaco Pérez Manrique, excelente y paciente persona, buen pianista y mejor organista, profesor de cantos escolares que nos llegó a enseñar hasta 120 canciones escolares.
  Don José Aragonés Ortells era un auxiliar, vigilante, un ayudante o cuidador. Catalán de pro, que nos decía que no éramos patriotas, sino patrioteros. Padecía de diabetes. Era un hombre calmoso y muy querido, al cual le robaron varias veces sus ahorros. Era muy entendido en psicología  infantil y de adolescentes. Tenía una verdadera intuición. Había estado en un asilo. Fue director del colegio en los años 50.
  En esa década hubo algún conflicto entre los que estuvo implicado Enrique Pajón, que hizo de capitán Araña.
  En la imprenta, en la que se imprimieron algunos libros de los que yo utilicé, estaba Domingo Rodríguez al que llamábamos Bocelo. Era un hombre muy afable, algo paleto, muy pequeñito. Se enfadaba mucho porque Antonio Aguado hizo correr la imagen de que era un cancerbero, que estaba guardando una cueva que había en la imprenta atado con una cadena y metiendo miedo.
  La imprenta era una especie de mentidero al cual acudíamos. Allí estaba también Conchita López, mujer garrida, simpática y guapa. También estaba Pepita Jiménez (simpática, alegre, cordial). César Torres Coronel, sordo-ciego; Alberto Leira, también sordo-ciego, padre de la mujer de Enrique Pajón y al que se le abrió un expediente por un supuesto o presunto robo  de no sé cuántos kilos de clichés.
  Alfredo Mena era un masón y poeta incalificable, que tenía un hijo que se llamaba Alfredito. Cuando le preguntábamos qué haría si éste fuera fascista, decía que le retorcería el pescuezo y le daría una patada en el culo.
  El Centro Protector de Ciegos funcionaba. Tenía una biblioteca en Reyes 8.
  Los profesores representaban muy bien la vertiente de la  honrada y laboriosa ciudadanía, buena ciudadanía republicana. siempre te inculcaban principios morales. Respeto a los demás, respeto a la patria, la obediencia y disciplina como virtudes ciudadanas y, en fin, la honradez escrupulosa, la ley moral que venía a ser como la religión.
  La jefa de residencia, Clara Arroquia, hija de militares, era más bien de derechas. Sin embargo, después de la guerra la procesaron y depuraron como enemiga de la religión, del régimen y más cosas. Yo tenía una buena relación con una inspectora, Rufina Cánovas que tenía mucho poder. Manifesté que eso era injusto, diciendo que el que haya hecho eso, es un hijo de mala madre (para comenzar) un mentiroso (para seguir) y además una persona que merece que la ahorquen. Me atrevo a hablar así -respondía a quien me reconvenía, porque yo la conocí y nos había leído durante la guerra el Antiguo Testamento, textos diferentes de Fray Luis de León, de San Juan de la Cruz... Y si esa mujer que nos leía aquello era enemiga de la religión, que venga Dios y lo vea. Un buen día tuve la satisfacción de que me comunicaron que le habían levantado el expediente. Fue a un pueblo de la provincia de Pontevedra como maestra, y más tarde a nuestro centro como profesora de Geografía e Historia. Era una profesora maravillosa. Tenía unos estupendos apuntes de cuando estudiaba e iba a la Biblioteca Nacional para elaborar apuntes y fichas para ilustrarnos. Acabó medio enferma de los riñones de tanto inclinarse para enseñarnos los mapas.
  Era tan maravillosa y mágica, que hasta el director Gregorio Fernández de la Herrera, que tenía una mujer que era muy mentecata, le propuso que huyera con él durante la guerra. Naturalmente, ella se negó.
 
  En el año 1935, creo recordar que la Federación Hispánica de Ciegos hizo un congreso en el colegio. Miembros de ella (ya externos) como se morían de hambre, iban a comer allí. Para nosotros eran una especie de héroes. Por ejemplo, iba Juan Molina, que era un virtuoso pianista que para pedir se colgaba un cartel con todas sus magníficas notas durante todos los cursos de piano y armonía. También acudían unos tales Balbino y Prudencio que eran unos pedigüeños o mendigos que tocaban por las noches en casas de putas, bares o donde podían. Santos Fernández, citado más arriba, al que llamábamos el diablo o el demonio que era más malo que el sebo -supongo que las circunstancias le hicieron así- cuando salió del colegio pesaba 61 kilos y cuando le volvimos a ver pesaba 49.
  En el colegio montaron una escuela de masaje en el edificio de enfrente, situado al otro lado de la calle Comandante Franco. Este edificio fue sala de baile después de la guerra; posteriormente, casa de salud o manicomio y, por último, residencia. Ahora no sé que será. Allí dormían los masajistas, y en el colegio les daban clases.
  De ellos, recuerdo a un tal José Leiva Melquiades y a Lucio, que era muy amigo mío por circunstancias especiales.
  No recuerdo a profesores de masaje, pero disponíamos de un buen elenco de médicos como por ejemplo, el dentista, excelente por cierto, Leo Móbili Wita, que escribió un texto de gene, que yo leí con mucha atención, y que cuando cobró puso en la factura lo que había gastado de goma, de lapicero, de papel... como buen judío que era.
    Otros médicos ilustres fueron: el doctor Rosado, cirujano que operaba de apendicitis por menos de nada. Cruz Carrasco, otorrino que operó de amígdalas a todo el colegio, incluso a mí. De oculista estaba Luis Durán. Y después de la guerra tuvimos como médico general a un cirujano que lo fue del Hospital de la Princesa, llamado Manuel Villar.
  En el colegio había una clínica muy bien montada, muy limpia y con sus sillones y camillas de operaciones.
  Una vez fue Fernández de los Ríos, y según contaban, porque eso debió de ser en 1932 y yo no estaba aún, decía: "¡Hola, pequeñines! La verdad es que esto es infinitamente mejor que aquello", refiriéndose al colegio de la Castellana, que tenía unas galerías embaldosadas, frías y oscuras. También fue Indalecio Prieto, del cual se cuenta que al pasar por el pabelloncito o palacete donde se impartían las clases, dando pataditas en el suelo y olisqueando exclamó: "¡Aquí huele a mierda, coño!"
  En el palacete había un aula azul y otra roja. Arriba había un dormitorio de niñas, otro de chicos, abohardillado, donde en el verano había un clima pedestre inenarrable. Allí estuve yo.
  El pabellón donde estaba la imprenta, le llamábamos la casita, porque había una casita donde vivía el director y otra donde vivía el portero.
  Los masajistas tenían un esqueleto que olía que apestaba, debido a algún producto químico. Era una mujer de 1,80 m. También había un hombre clástico, o sea, una anatomía desmontable para poder ver las diferentes partes del cuerpo humano. 
   El terreno del colegio estaba organizado en paseos con árboles y una pequeña floresta con Lilas, rosas, liriocs...
  En la parte baja de la casita del director, había una sala de actos. También una huerta que es donde actualmente se halla el polideportivo.
  A uno de los paseos le llamábamos El Podenqueo, a otro el paseo Cebntral y a otro el de los Castillos.
  En la explanada donde se hallaba la imprenta, estaba el costurero, una carpintería y el taller de cestería.
  Ramón Arenas, que fuera encargado de cestería, cuando era alumno, como veía bastante, ejercía de esbirro que buscaba a los pequeños cuando los mayores querían pegarles. Le llamábamos el verdugo Jotor y  el Grajo por su voz tan grave. Durante el verano se pasaba cuatro horas tomando el sol. Recuerdo que una vez fui a verle a Cibeles, que era donde vendía y donde hacía un sol de justicia, y le pregunté: "¿Qué tal está usted, señor Arenas?". Y me contestó: "¿Sabes lo que te digo? Que aquí, aquí le pondría yo el culo a Tovar". Y es que, a cada cual lo suyo, los vendedores han sido heroicos, han escrito una verdadera epopeya. Han soportado calores, fríos, lluvias, nieves y desatenciones del público.
  Cierto día, un 14de...  hubo una fiesta en la cual nos emborrachamos alumnos, profesores, auxiliares. Fue raro el que se libró de la borrachera. Le encargaron un cóctail a Molinero, que era una casa muy afamada, ubicada donde posteriormente estuvo La Tropical, Gran Vía esquina Alcalá. Molinero, al saber que era para los ciegos, preparó un cap magistral. Estaba fresquito. Yo me tomé once copas. Al día siguiente, estábamos todos con la cabeza baja, y la señorita Clara nos decía:
"¿Qué os pasa, que estáis todos cabizbajos? Venga, levantad esas cabezas. ¿Que os emborrachasteis ayer? Si se ha emborrachado todo el mundo. NO os lo toméis por lo trágico".
 
  Nosotros, en el colegio, estábamos muy politizados, teníamos una educación política muy activa, coincidente con las circunstancias de entonces. todas las mañanas oíamos las noticias de Unión Radio y por las noches nos leían en el periódico las sesiones de las Cortes. Por la radio oíamos muchas veces las sesiones del Ayuntamiento, que las estuvieron transmitiendo hasta que dejaron de hacerlo por escandalosas que eran. Nos leían los periódicos, e incluso contrataron a un amigo del director, canario como él, para que nos leyera todos los lunes y nos hiciera una recensión de la prensa semanal. O sea, que entendíamos mucho de política y de partidos. Allí se formó el partido comunista, el partido socialista revolucionario, el socialista evolutivo, las derechas (que eran los parias). Practicaron alguna vez el llamado fusilamiento, que consistía en poner contra la pared a alguno y le tiraban piedras, castañas, porquerías... Le dejaron hecho un asco. A mí consiguieron que me hiciera socialista evolutivo. Yo era muy temido porque amenazaba de muerte, y además estaban muy seguros de que era capaz de cumplirlo. Me acuerdo de que a Santos, al que le llamábamos el Diablo, en una de esas peleas que organizábamos a pedradas, poniéndonos un bando en un extremo del paseo de Los Castillos y el otro en el otro, un tal Eloy (que donde ponía el oído ponía la piedra) le propinó un par de pedradas en la frente. Entonces, el tal santos, con voz un poco llorosa, dijo: "Bueno, pequeños, ya os hemos dado hoy bastante, así que vamos a dejarlo". Y yo le decía: "Qué voz más llorosa tienes. ¿Qué te ha pasado en la frente? Debes de tener dos chichones como dos huevos". Me respondió: "Si me vuelves a decir eso, te cojo y te retuerzo el pescuezo y te hago trizas". Y yo le dije: "Si es que vas a hacer eso, cerciórate de que me has matado de verdad, porque es que si no esta noche te clavo una navaja en la tripa o en la yugular". Y se lo creyó. La verdad es que yo estaba dispuesto a hacerlo. Y me hubiera gustado mucho poderlo hacer porque yo era vengativo y justiciero pues venía de un ambiente donde se me había tratado muy mal y había tenido que practicar la constante autodefensa. .
  Otra vez, porque me había hecho algo, tuve a uno unas horas subido a un árbol ya que cuando intentaba bajar le tiraba una piedra, hasta que me pareció a mí que ya podía descender.
  En otra ocasión, como se me ocurrió decir que quería mucho al profesor Antolín Mayoral, me llamaron "tiralevas". Yo les amenacé con represalias violentas. Y así logré sobrevivir. Sin embargo, hubo uno que me dio dos capones, que no sé cómo se las apañó para levantarme tres chichones.
  En el colegio había un estanque, que muchos recordaréis, al lado del torreón pequeño y que era la piscina. Yo había dos cosas a las que tenía un miedo atroz: el dentista y la piscina. El dentista, porque para empastar una muela utilizaba un torno que metía un ruido atroz y que lo hacía en tres o cuatro sesiones con las técnicas propias de entonces, y la piscina, porque los mayores nos hacían ahoadillas. En cierta ocasión, me hicieron tragar agua sucia, pero esperé pacientemente y cuando el que me lo hizo estaba bien vestido con su corbata y su cartera, me tiré a él como un rayo, le levanté en alto y lo tiré a la piscina.
 
  En el colegio, las comidas eran unos menús estudiados calóricamente. Las proteínas, las vitaminas... todo, según los conocimientos de entonces, se tenían en cuenta en unos regímenes dietéticos considerados como muy buenos. Hoy día no sería así porque, por ejemplo, que por las noches nos dieran judías pintas y tortilla no lo aconsejaría ningún bromatólogo.
  La verdad es que se comía muy bien. Se comía, por ejemplo, carne de ternera, huevos hechos de diferentes maneras y también pastelería variada. Vivíamos de lujo.         
 
  Ahora voy a hablar del 17 de julio. Las vacaciones de verano discurrían entre el 15 de julio y el 15 de septiembre. A mí me tocaba quedarme en el colegio. Yo no salía nunca. Y bastantes alumnos, la verdad, no querían salir porque allí se estaba muy bien y tenían que empujarles para que se marcharan con las familias ya que en muchas de ellas lo que había era miseria y disgustos, y en el colegio se estaba mucho mejor. Por tanto, el día 17 allí se comenzó a hablar, pero sin darle importancia, de unos militares traidores que se habían levantado contra el gobierno republicano en Ceuta y Melilla y que éste daría buena cuenta de ellos en un par de días. Al día siguiente continuaban con la misma música, pero ya hablaban también de Navarra y los requetés, de Cataluña y el general Goded, de Asturias y el coronel Aranda. El día 19 oímos un cañoneo formidable durante toda la mañana, así como una fusilería intermitente pero copiosa, y es que se estaban batiendo en el cuartel de la Montaña. También oíamos estallar las bombas durante el bombardeo del Ministerio de la Guerra. Por las noches había silencio y la circulación era mínima. Más tarde comenzó la guerra en serio, transformándose el colegio en un hospital de sangre. Comenzaron a llegar heridos con los que convivimos hasta el 27 de septiembre. A nosotros nos llevaron a dormir, por orden de Alfredo Mena (jefe de internado) a la casa donde dormían los masajistas durante el curso. Pero nosotros teníamos mucho miedo porque cuando pasábamos oíamos los tiros de los "pacos" (onomatopeya de pack-ummm, sonido del disparo). Eran especie de francotiradores, tanto de un bando como del otro.
  Un día, Antonio Hierro, que era uno de los alumnos mayores, un hombre totalmente civilizado, que no era salvaje como los otros, se levantó a mear. entonces oyó que alguien decía: "¿Quién va, quién va? Dime quién eres o te mato ahora mismo. Y resulta que era un auxiliar llamado Manolo Prieto que tenía una pistola y estaba dispuesto a dispararle porque pensaba que era alguien que pretendía atacar aquello. Fue entonces cuando los chicos que estábamos allí, acordamos que no iríamos a dormir a aquella casa y se lo comunicamos a Alfredo Mena. Este nos convocó a cuatro o cinco y empezó a reírse sarcásticamente con risa sardónica, estrepitosa y asquerosa, diciendo que qué decíamos, que se lo repitiéramos. Y por supuesto que se lo repetimos. Hemos determinado que no vamos a dormir a la casa de los masajistas. Nos amenazó. Pero, no sé si fue Antonio Hierro o yo, le dijimos que si se atrevía a tocarnos un pelo, aquí mismo le matábamos. Como nos vio dispuestos a todo, no tuvo más remedio que ceder. Si que le hubiéramos matado, sí. Era un hombre odioso.
  Un día, cuando estábamos paseando, escuchamos disparos. Al poco, trajeron a uno con unas heridas en las piernas. Le metieron en la clínica. El cirujano le sacó las balas sin anestesia, y daba unos berridos, unos aullidos invocando a Dios, a la Virgen y a todos los santos que para nosotos era una verdadera risa. era un jefecillo de la FAI y se llamaba Mariano y era albañil. Cuando ya se curó y nos llamaba fascistas, nosotros le decíamos: "Fascista tú, camarada, que cuando te sacaban las balas clamabas a La virgen, a san José y al arcángel san Miguel. Así que te vamos a denunciar; ándate con el pico cerrado.
  La situación era emocionante. Cada herido que llegaba contaba su peripecia. Uno decía que estaba herido porque cuando comía le dieron guindas de postre, refiriéndose a los balazos recibidos. Era gente humilde, gente buena. Yo estuve contemplando, por curiosidad, cómo se moría uno que le habían operado del apéndice y que le habían hecho una trepanación en un oído. Le trajeron de la sierra, de Somosierra y Guadarrama donde había un cisco terrible. El pobre era un jovencito. ¡Qué pena! Vino la novia, que lloraba, mientras él decía: "Déjame, déjame, déjame..." Cuando murió, lo metieron en la carpintería, y yo fui a verlo varias veces. También asistí a su entierro, laico, por supuesto, en el que se clamaba: Camaradas: Aquí está nuestro compañero, fulano de tal, víctima de la vesania del fascismo. Camaradas: ¿juráis vengarle? Sííí.
 
  Comenzó el curso 36-37. Dadas las circunstancias, se abrió la mano y, aunque solo se podía estar hasta los 18 años, entraron algunos más mayores. Y es que el director, don Gregorio Hernández de la Herrera que era muy buena persona, decía que cómo iban a dejar a esas personas en sus casas, que en el colegio estaban más protegidas.
  Ese curso entró Herminia, la que sería mi mujer, y también Luisa Pino. pero no dormía allí: era externa.
  El 27 de septiembre nos reunieron en la sala de actos. ¡Todos en pie!, ¡puños en alto! Cantemos La Internacional. Habéis de saber, muchachos, que nos vemos obligados a abandonar el colegio -eso decía Mena-. El Gobierno ha decidido evacuar a la gente por si acaso puede correr algún peligro Madrid y, en fin, para evitaros las calamidades de la guerra. Luego habló la señorita Clara: Bueno, hijos, no os preocupéis. Vosotros, donde estéis lo vais a pasar bien. Cuidaremos de vosotros y seguiremos vuestra educación lo mejor que podamos. Es una coyuntura que debéis aceptar de buen grado. Ya avisaremos a vuestros padres. Fue una cosa súbita, hasta tal punto que los de Herminia cuando fueron a buscarla no pudieron llevársela porque ya había sido evacuada. Efectivamente, nos metieron en unos camiones y nos llevaron a la estación de Atocha. En el camino nos encontramos con el entierro del capitán Sediles, uno de los héroes del principio de la guerra.    
  Montamos en el tren. Cuando llegó la noche, se apagaron todas las luces y se fue despacio, despacio, despacio porque los facciosos estaban cercquita del tren y podían cañonearnos a placer y mandarnos al otro barrio. No lo hicieron, pero el miedo que pasamos sí que fue grande.
  El día 28 amanecimos en Játiva. Bajamos del tren, nos llevaron a desayunar y conocimos algo estupendo: la malta, que nos iba a acompañar toda la guerra. Nos dieron de comer y nos llevaron al parque de la localidad.
  Yo tengo que hacer una observación. A mí me quedó desde entonces un gran amor a Valencia y la región levantina. Yo había vivido en pueblos cerriles, pueblos primitivos -que yo decía después- que aquello era un pedazo del Congo que habían transportado allí. Y ahora veía en Valencia unos pueblos con sus sucursales bancarias, sus cines, sus emisoras locales. Aquello era la civilización, lo de los pueblos de Castilla era la edad de piedra, el paleolítico inferior.
  La gente de Valencia nos acogió con una amabilidad a la cual no correspondimos o correspondimos muy mal, en general, los evacuados.
  En Játiva estuvimos un día. Por la noche nos metieron en unas camionetas o autobuses pintados de amarillo y nos llevaron a un pueblo precioso llamado Bellús, concretamente a un balneario que tenía unos jardines, una piscina de agua caliente donde nos bañamos los ocho o diez días que estuvimos allí. Por cierto que en uno de los jardines, las estatuas que había, fueron estúpidamente apedreadas por otras colonias. Ya se sabe lo que son los niños. Y si las estatuas eran de santos o de próceres no republicanos, pues ya se sabe el destino que tenían.
  Desde Bellús, por la noche y en camionetas, nos trasladaron a Onteniente. Aquella noche la pasamos mal hasta que se nos dieron las habitaciones. Nos hospedamos en un balneario llamado Les Aigües, cuyo administrador se llamaba Don Marcos que tenía dos hijas, Carmen y María y que nos vendía mataquintos, unos cigarros de la peor calidad que se puede imaginar.
  En Onteniente ya nos organizamos. Fuimos la práctica totalidad de los alumnos del colegio de Madrid: casi 100. De los profesores fueron el sr. Hernández, Luis Antón, Rafael rodríguez Albert, Mariano Fernández (uno de los mejores profesores de trabajos manuales que se puede uno imaginar y republicano de orden). El sr. Hernández (el Lobo) y su mujer lo iban a pasar mal, porque les metieron en la cárcel por pertenecer al "socorro blanco" que era fascistoide. Menos mal que don Gregorio, el director, los sacó. Por ello, aunque de ideología distinta, Marcos Hernández adoraba a don Gregorio que se fue por haber sido ascendido -no sé si a coronel- haciéndose cargo de 29 hospitales, según se decía.    
   Hubo períodos de hambre, pero como el director tenía un amigo (el comandante Palma) que era un místico, nos mandaba camiones con intendencia que nos la qitaba. Este comandante era un buen lector de santa Teresa y de los místicos. Nos echaba unos discursitos muy lindos y se jactaba de que procuraba que nosotros no conociéramos las calamidades de la guerra. Y, efectivamente, no conocimos las calamidades de la guerra porque el pueblo de Onteniente era un pueblo de derechas que se acomodó de tal manera que los pocos que se significaron políticamente, los escondieron. A algunos rojos los asimilaron. Por ejemplo, a una hermana de antonio Aguado la colocaron como mecanógrafa en el ayuntamiento y la llamaban "la rojilla inofensiva" porque se podía hablar delante de ella de lo que fuera, que ella no se iba de la lengua nunca.  Alguno fue a Onteniente, por ejemplo un miliciano apodado "el Quincekilos" que iba a fusilar a gente. Pero le hicieron saber, de manera subrepticia, que si dentro de 48 horas no se había ido, allí tenía su tumba, que ya estaba cavada. Y por supuesto que se marchó sin matar a nadie. 
  Al terminar la guerra, se vio algo inusitado e inaudito: por Onteniente paseaban camionetas con letreros tan singulares como "No hemos ganado la guerra para fomentar el odio. Nosotros tenemos que fomentar la reconciliación nacional. Hemos de perdonar a nuestros enemigos, que eso lo dice el Evangelio". Yo, con enorme emoción, escuché en la iglesia de Santa María de Onteniente una homilía en la cual se habló exclusivamente del mandato de Jesucristo del perdón de los enemigos, inculcado a sus apóstoles y que quería la reconciliación nacional, el cese del odio y que nunca más se repitiera semejante barbarie.
   Allí no había vacaciones ni curso propiamente dicho. Teníamos unas clases heterogéneas y nada ortodoxas pedagógicamente hablando. Se impartía una clase de Física y otra de Geometría a cargo del profesor Mariano Fernández que lo era también de trabajos manuales. Era un verdadero as de habilidad. LO mismo te arreglaba unos zapatos que hacía una caja de madera o que montaba la formación de las imágenes de los espejos cóncavos y convexos en las lentes con madera y alambre. Era un auténtico genio y además un amigo y un hombre muy cordial al cual le tomábamos el pelo.
  Servía en las mesas el agua, el pan y nos enseñaba cosas raras tales como los nombres latinos de las plantas y de los animales.
  Se le compuso una especie de romance con versos como:
El del negro bigote,
el del fiero ademán
a comer nos enseña
con amor singular,
y cuando dices algo interesante
él contesta sin tardar:
fero, fero storiratum
que significa llevar.
 
Allí teníamos los chicos formada la Academia de la Lengua.
  José alonso Espiga era profesor de Matemáticas. Sabía mucho y enseñaba bien; incluso, de memoria, se sabía discursos de Vázquez de Mella, las odas de Fray Luis de León, el Cántico espiritual... era un genio pero estaba loco de atar. Le dio por enamorarse de la señorita Clara y perseguirla. Tuvimos, entonces, los alumnos que ponerle guardia. Nos quedábamos tres o cuatro alumnos para impedirle que se lanzara sobre ella dando rienda a sus ataques de lujuria. 
  También teníamos a un profesor de francés, ciego, que sabía 11 idiomas: don Carlos Riquefet. Era un hombre maravilloso. Le gustaba compartir, pero estaba como una cabra. Por cierto que Ramón Arenas quería pegar a José Alonso con una barra de hierro. tuvimos que pararle los pies.
  Estábamos muy divertidos con los perros. Teníamos muchos: el Fiel; la linda, que era una perra aristocrática que tenía una estampa divina; el Pin, que era un perro faldero asqueroso que le gustaba mucho estar con las chicas y que se decía ncosas feas de él y de ellas; el Norte; el Stalin; el Largo Caballero. estos últimos ya estaban en Chamartín. Había además una perra que era muy zorra, la Cuki a la que me quedaron las ganas de estrellarla contra la pared porque, cuando me ponía a estudiar, se tumbaba encima de mis pies y se quedaba como extasiada mientras yo tocaba un estudio, pero si no lo tocaba, se ponía a ladrar de una manera feroz que te aturdía. Era una perra loca y puta.
  Ramón Arenas se encargó de ejecutar algunos perros con mazazos en el cráneo porque eran muy prolíficos y nos llenaban aquello de perrillos. Y como entonces no existía sociedad protectora de animales, pues había que deshacerse de ellos.
  El Pin se vino con nosotros el 16 de junio de 1939, que fue cuando regresamos a Madrid.
  Allí en braille solo había libros de solfeo, de armonía y de piano. Que yo recuerde no llevaron libros. La música la daban Rafael Rodríguez Albert y Luis Antón.
  Nos leían todos los días. Había lectura para pequeños y para mayores. Se nos leyeron cosas muy heterogéneas: libros de Emile Ludwig (Biografía de Linkoln, Biografía de Cristo) libros de Fray Luis de León, el Antiguo Testamento, muchas novelas... Nos leía la señorita Clara y también don Mariano Fernández.
  Alfredo Mena no vino allí. Se enroló en un batallón donde le nombraron capitán y estuvo con Montgomery y, acabada la guerra marchó a México. Pero me acuerdo de que un día, estábamos todos en el comedor, tan tranquilos degustando la parva colación, cuando, de pronto, oímos: chsssss... no se oía ni una mosca: había entrado Alfredo Mena en el comedor. Menos mal que se fue.
  En fin, en Onteniente, verdaderamente fuimos felices. Oíamos siempre radio Valencia, aunque escuchábamos también emisoras clandestinas como las de Segovia, Burgos, Zaragoza, Salamanca. Así mismo, radio París en la que hablaba un cura llamado padre Laso y, naturalmente radio Moscú que se oía muy bien.
  Teníamos algunos aparatos de radio muy buenos, incautados. recuerdo uno maravilloso que cuidamos muchísimo y al que don Mariano le hizo una jaula de alambre y madera y que cada día se encargaba uno de ponerlo. Cuando, después de la guerra lo reclamó el dueño, fuimos dos o tres a entregárselo. Al verlo tan flamante, tan cuidado, nos invitó a merendar y a unos cigarrillos.
 
 
 
 
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