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  Huracán, un Perro Guía (José Molina Torres)
 
 
 
 
  HURACÁN
  UN CACHORRO DE 8 MESES
 
  HURACÁN
  UN ABUELITO DE TRECE AÑOS
 
  HURACÁN
  UN PERRO EDUCADO PARA GUIAR
 
  José Molina Torres
 
Dedicatoria
A ESCU POR CONFIAR EN MIS OJOS
 
En la madrileña localidad de Boadilla del Monte, en una superficie de más de veinte mil metros cuadrados se encuentran las instalaciones de la FUNDACIÓN ONCE DEL PERRO GUÍA, un centro dedicado a la crianza y adiestramiento de perros para facilitar la autonomía de las personas ciegas. En este centro, mediante un riguroso proceso de selección, se eligen los machos y hembras más idóneos para la reproducción, nacen los cachorros y permanecen con sus madres hasta que comienzan a alimentarse por sí solos para ser dados en acogida; son adiestrados para ayudar a las personas ciegas  y, tras un exigente proceso de selección y adaptación con el usuario, son dados aptos para su trabajo, y todo ello bajo la supervisión de un exhaustivo control médico, son "graduados".
El 20 de junio del año 2002, en estas magníficas instalaciones nació una camada de 8 cachorros labradores, entre los que se encontraba un perro negro zaíno al que pusieron por nombre HURACÁN. Llegados a este punto, Huracán me ha pedido permiso para contarme su historia, y yo me dispongo a escucharla.
 
"He tenido el privilegio de haber nacido en un centro provisto de las más modernas instalaciones para la crianza y adiestramiento de perros, donde nos colman de cariño, mimos y cuidados. Así recuerdo yo mis primeras semanas de vida junto a mi madre y mis hermanos, hasta que un día me separaron de ellos para entregarme en adopción a una cariñosa y generosa familia de Guadalajara.
En Azuqueca de Henares, en compañía de José Manuel, María José e Irene pasé más de 10 inolvidables meses, en los que ellos derrocharon ilusión, cariño y paciencia para educarme y socializarme.
Recuerdo que era un cachorro travieso y juguetón que no se lo puso nada fácil, pero cuando lo que te rodea es cariño, excelentes cuidados, constancia,  perseverancia y premios, al final no te queda más remedio que obedecer y aprender a comportarte.
Irene fue mi inseparable compañera de juegos. Con ella y sus amigas pasé días estupendos que todavía hoy recuerdo como si fuera ayer.
Esta familia me enseñó a controlar mis necesidades, mis impulsos de subirme a donde no debía y me dieron las primeras lecciones de obediencia. Con ellos iba a la compra, a reponer combustible, de paseo, a casas de familiares y amigos y también me llevaron de vacaciones.
Recuerdo que un día al despertarme observé ese trasiego que se monta cuando se organiza un viaje, pero en esta ocasión noté unos rostros serios y tristes. Por los preparativos yo fui consciente de que, como siempre, también viajaba con ellos, pero lo que no me podía imaginar, era que ese viaje me llevaba de regreso a la escuela para proseguir con mi formación. Yo no entendía entonces por qué tenía que separarme de esa maravillosa familia que tan buena vida me daba, tardaría algún tiempo en comprenderlo y cuando entre lágrimas, emociones y sentimientos nos despedimos se inició una nueva etapa de mi educación.
No quisiera seguir adelante con mi historia, sin antes tener unas sinceras y emotivas palabras de gratitud para JOSÉ MANUEL, MARÍA JOSÉ E IRENE porque, sin duda alguna, la infinita paciencia que tuvieron conmigo, el exceso de mimos y cuidados que me profesaron así como el excelente trabajo que desinteresadamente llevaron a cabo para consolidar los cimientos de mi educación, es una hermosa y desinteresada labor social, que solo personas que adoran a los animales y tienen un corazón generoso pueden realizar. Gracias a la solidaridad de muchas familias como ésta, hoy LA FUNDACIÓN ONCE DEL PERRO GUÍA es una reconocida, admirada y prestigiosa institución no sólo en España sino también en todo el mundo.
 
Tras mi regreso a la escuela me asignaron a Eli como mi adiestradora personal. Durante seis meses, día tras día, y bajo una férrea disciplina, pero con el mismo cariño que me dieron desde el mismo día en que nací, fue quien me preparó para desempeñar mi trabajo.
Todas las mañanas iba a buscarme, me colocaba la correa y el arnés y comenzábamos el entrenamiento. Me enseñaba a pararme en los semáforos y a sentarme hasta que podíamos pasar, a esquivar todo tipo de obstáculos, a marcar la subida y bajada de los escalones y bordillos, a buscar bocas de metro y paradas de autobuses, a viajar en el transporte y a encontrar asientos o espacio libre y acomodarme para no molestar. Paseábamos por calles amplias, estrechas y peatonales, visitábamos grandes centros comerciales, entidades bancarias, pequeños establecimientos de todo tipo. Me quitó el miedo a las escaleras mecánicas, me enseñó a buscar puertas, a resolver situaciones embarazosas, me reñía cuando me distraía y se enfadaba cuando quería comer lo que no debía. Lo que me quedó claro desde que inicié esta etapa, es que cuando Eli me colocaba el arnés era la señal inequívoca de que iba a trabajar, y que nada ni nadie debía distraer mi atención mientras trabajaba.
Pero también tuve mucho tiempo para disfrutar de amplios espacios en los que corría, jugaba y me enseñaban a convivir con perros y aprendí a respetar a los gatos, a los pájaros y a cualquier animalillo.
Esta era mi rutina diaria hasta que el equipo de profesionales de la escuela consideró que era apto para poder ayudar a personas ciegas. Pero todavía tendría que pasar una breve etapa, en la que, con la ayuda de mi instructora, aprendimos a compenetrarnos mi futuro dueño y yo.
Tengo guardado en mi memoria el recuerdo de ese día, en el que Eli vino a buscarme a primera hora de la tarde y me dijo: vamos a conocer a tu dueño. Me puso la correa y me llevó a la residencia de los usuarios, entramos y se paró delante de una puerta, tras avisar con unos suaves golpecitos la abrió y me quitó la correa. Como se trataba de un sitio nuevo, recorrí toda la estancia para reconocer el lugar. Observaba todo detenidamente, me llamó la atención un señor moreno que, sentado en una silla, estaba serio, tenso y expectante. Enseguida me di cuenta de que pasaríamos mucho tiempo juntos, y como saludo le dí unos lametazos en la mano. Así fue como comenzó mi relación con Escu, y con la inestimable ayuda de Eli, en muy poco tiempo aprendimos a compenetrarnos y a caminar como una sola persona.
No olvidaré nunca ese domingo en el que Reme, Juanma, Ana y José vinieron a la escuela a visitar a Escu y a conocerme. Estuvimos primero en la habitación, donde mi dueño emocionado les contó a los visitantes el sensacional trabajo que se realiza en este centro y compartía con ellos sus experiencias y sensaciones. Estuvimos paseando, empecé a jugar con Juanma y tuve la intuición de que nos llevaríamos estupendamente.
Dos o tres días después me dieron definitivamente apto para convertirme en los ojos de Escu y en su inseparable amigo, y pasé a engrosar la lista de PERROS GUÍA formados en la Fundación Once del Perro Guía. Por la tarde, Escu y yo pusimos rumbo a nuestro hogar en el coche de la directora. Durante el trayecto, no me pasó desapercibido el semblante serio de Escu, también me di cuenta de que iba meditabundo y preocupado, tratando de asimilar su nueva responsabilidad. No le di importancia porque estaba completamente seguro y convencido de que en tan solo unos días le demostraría que jamás se arrepentiría de haber querido compartir conmigo unos años de su vida.
 
Llegamos al Paseo de las Acacias 69, nos despedimos de la Directora y el conductor muy amablemente nos dejó en la puerta. Antes de salir de la escuela, una de las instrucciones que le dieron a mi dueño fue que no me colocara el arnés hasta que al día siguiente le autorizara Eli, por lo que sujetándome con la correa me condujo hasta nuestro hogar. Allí nos esperaban Juanma y Reme que nos recibieron con una jubilosa bienvenida.
Tras dejar la maleta de Escu, mi documentación y mis utensilios nos marchamos con Reme a dar nuestro primer paseo. Yo iba sujeto sólo con la correa, pero ese paseo inicial me sirvió para reconocer el entorno del barrio.
Cuando al día siguiente vino Eli a buscarnos a casa, le dio a mi dueño permiso para que me colocara el Arnés, y le dijo: ¡vamos a la agencia! . Cuando salimos a la calle, lo primero que hizo mi dueño con mucha paciencia fue ponerme a hacer mis necesidades, reconozco que le di un poco de guerra, porque para eso yo tengo mis propias manías. Una vez hube terminado, siguiendo las instrucciones de mi dueño, bajo la atenta mirada de Eli llegamos a la boca de metro de pirámides, cogimos el metro hasta la estación de Gran vía, realizamos un trasbordo a otro metro con dirección a Plaza de Castilla que nos llevó a la estación de Valdeacederas, CUANDO SALIMOS DEL METRO nos fuimos a la calle Simancas donde está la agencia en la que Escu tramitaba todas sus cuestiones relativas a su trabajo. Tomamos un café mientras mi dueño y Eli trataban aspectos relativos a mí.
Hicimos el recorrido a la inversa, pero en esta ocasión nos bajamos en la estación de Atocha. Cuando salimos a la calle cogimos la Ronda de Atocha, seguimos por la Ronda de Valencia y haciendo caso de las indicaciones e instrucciones de mi dueño, y bajo la supervisión de Eli llegamos a la Glorieta de Embajadores y llevé a Escu hasta el quiosco de su amigo Richar. Escu me presentó a Richar quién me dio un más que afectuoso saludo y se atrevió a decirle a mi dueño que yo estaba muy gordo. No le hice caso porque descubrí con gran alegría a Derbi, un compañero mío que ayudaba al amigo de Escu y nos pusimos a juguetear.
Este itinerario lo recuerdo con nostalgia porque fue el último que hice con mi instructora, y porque en el quiosco de Richar terminé definitivamente mi adiestramiento y allí nos despedimos Eli y yo. Atrás quedaron muchos días de intensos entrenamientos y de convivencia en los que pasamos nuestros buenos y malos momentos. No pude evitar echar la mirada atrás unos instantes mientras mi adorable instructora se alejaba de mí. Con orgullo todavía hoy recuerdo que cada vez que coincidía con mis compañeros ella no paraba de piropearme ante sus compañeros, y yo no podía evitar una sonrisa de satisfacción.
Nos despedimos de Richar y Derbi. Escu cogió el arnés, y en ese momento inicié mi gratificante vida laboral. Ya sin la atenta mirada de Eli y siguiendo las instrucciones de mi dueño cruzamos la Calle Embajadores, seguimos por la Glorieta de Embajadores, cruzamos la Calle Martin de Vargas hicimos un leve giro a la derecha  y tras unos escasos 3 o 4 metros giramos a la izquierda y por el Paseo de las Acacias llegamos a nuestro hogar donde a mi dueño le esperaba la apetitosa comida que le cocinó Reme. Este itinerario es imposible que se borre de mi memoria, porque fue mi primer trabajo, porque empecé a disipar las dudas de mi dueño y porque ver la cara de felicidad y asombro de Escu fue para mí la primera de las muchísimas satisfacciones que he tenido en todos estos años de incansable trabajo.
Por la tarde volví a trabajar, en esta ocasión y tal y como ocurriría a menudo nos acompañaba Reme. Aunque yo iba concentrado en mi trabajo, por el rabillo del ojo observaba como la gente me miraba, pero la que no nos quitaba el ojo de encima era Reme que se quedaba maravillada al observar mi trabajo y la seguridad con la que caminaba Escu. Me llevaron al parque, me dejaron correr y jugar con otros perros y regresamos a casa, para que mi dueño regresara a su rutina.
Esa noche se me hizo muy corta, ya que muy temprano me despertó un desagradable y molesto pitido, era el despertador que indicaba el inicio de la jornada. Apenas Escu se levantó de la cama, ya estaba yo preparado para analizar y memorizar cada uno de sus movimientos; esto me sirvió en lo sucesivo para saber el momento exacto en el que yo debería estar preparado para iniciar mi jornada de trabajo. Una vez que Escu estuvo listo para salir, se colgó a la espalda una pesada mochila, me colocó la correa y el arnés y nos fuimos a la calle.
Una vez en la calle, tal y como ocurre cada mañana, lo primero que hizo  mi dueño fue darme la oportunidad de hacer mis necesidades. Cuando hube terminado, siguiendo sus instrucciones llegamos a la ya conocida boca de metro de Pirámides, cogimos el mismo metro que el día anterior y prácticamente realizamos el mismo recorrido, con la excepción de que en esta ocasión nos bajamos en la Estación de Estrecho. Al salir a la calle, tras recorrer unos pocos metros llegamos a su puesto de trabajo.
Para mi gusto y comodidad, era un quiosco pequeño e incómodo en el que pasamos ocho horas, mi dueño vendiendo cupones y yo unas veces tumbado, otras sentado y en ocasiones de pie. Escu no se puede ni imaginar lo que le agradecía las salidas que hicimos en el transcurso de la mañana para hacer mis necesidades, ir al banco, a tomar café o simplemente a dar un corto paseíto para estirar las piernas. Cuando Escu dio por finalizada su jornada de trabajo, iniciamos el camino de regreso a casa.
Por la tarde mi dueño cuadrabas sus cuentas y dejaba organizados los cupones para el día siguiente. Cuando terminaba, en compañía de Reme nos íbamos de paseo y al parque. Sin duda alguna, el momento más feliz del día para mi, era cuando mi amo preparaba mi comida y me daba la esperada y ansiada orden de comer.
Esta era mi rutina diaria excepto dos días seguidos en los que no sonaba el despertador, me levantaba más tarde, mi dueño salía sin su pesada mochila y nos marchábamos a dar un largo paseo. Muchas tardes era Juanma quien sin colocarme el arnés me llevaba a los parques a jugar y correr.
 
Empecé a conocer a familiares y amigos quienes me saludaban, me procesaban innumerables muestras de cariño y jugaban conmigo. Cada vez que nos encontrábamos les daba un alegre y afectuoso saludo colocando mis manos delanteras sobre sus hombros. Una de las amigas que recuerdo con un cariño muy especial es a Sonia; con ella pasé muchos e inolvidables momentos y guardo un muy grato recuerdo de todos y cada uno de los juguetes que me regaló.
Había algunas personas que no eran muy amigas de los perros, yo simplemente les respetaba y era consciente de donde estaban los límites, todo mi afán ha sido el de ganarme su cariño y hacerles perder el miedo, hoy estoy absolutamente convencido de que lo he conseguido.
Curiosamente una de esas personas era Reme, con el tiempo me enteré que antes de conocerme cada vez que veía un perro se cruzaba de acera. Pero a esa fue muy fácil quitarle el miedo, ver la seguridad y confianza con la que caminaba Escu, comprobar que no era agresivo y la convivencia diaria fueron argumentos suficientes para ganarme su cariño incondicional.
Con José fue más complicado y gratificante, pues no solo tenía miedo a los perros sino que también no confiaba en nuestro trabajo. El entusiasmo de mi dueño y su afán por convencerlo de la eficacia de mi trabajo, fueron mis mejores aliados. Cada vez que coincidíamos con José Escu le hacía que me acariciara, que me tocara la boca y hasta se atrevía a entregarle el arnés para que por un ratito me convirtiera en sus ojos. Nunca olvidaré la cara de miedo ni tampoco esos premios que mi dueño le daba a escondidas para que él me los fuera ofreciendo poquito a poco. Me acuerdo de aquella noche de verano en la que estuvimos cenando en una terraza de la Calle Ferrocarril, José me tenía cogido de la correa y cuando se levantó para marcharnos, yo dije: ¡esta es mi oportunidad! Sabía que nos íbamos a casa, pero primero le dejábamos a él en la suya, y como ese recorrido ya lo habíamos hecho muchas veces como si llevara colocado el arnés me puse en marcha. Ver la cara de asombro de José al cruzarle  la Glorienta De Santa María de la Cabeza sin tropezar con ningún pivote, cuando haciendo caso a sus órdenes me paraba en los semáforos y me sentaba hasta que se podía cruzar o simplemente esquivaba los obstáculos que nos encontrábamos en el camino es algo que siempre recordaré con ilusión y satisfacción, y por supuesto cuando esa noche me paré delante de su puerta y me senté a esperar a mi familia y a Ana que venían rezagados, las efusivas muestras de admiración y los premios que recibí de José, han sido uno de los mejores regalos que me han hecho.
A medida que iban pasando los días mi trabajo dio sus frutos. Mi dueño cada vez se sentía más orgulloso de mí, no tenía palabras para alabar y magnificar mi trabajo. Y es que cuando una persona ciega tiene la oportunidad de caminar sin la preocupación de esquivar obstáculos, de andar con agilidad, de moverse con seguridad en entornos desconocidos, de tener la certeza de que ante cualquier adversidad de alguna u otra manera va a recibir un aviso, le ayudan a buscar la parada del autobús, la boca de metro, una puerta, una escalera..., son sensaciones que solo perciben quienes depositan su confianza en un perro guía.
 
Con mi familia y sus amigos he tenido la oportunidad de compartir y disfrutar de muchos y variados viajes.
El primer viaje que realicé con mi familia fue a Campillo donde conocí a la familia de Escu. Me colmaron de elogios y cariño, se quedaron asombrados y maravillados al verme trabajar y al comprobar la felicidad de mi dueño. Enseguida me hice amigo de Catalina, no sólo por los mimos y elogios que me hacía, sino porque también era imposible rechazar esa comida que con una sonrisa en la cara me ofrecía; su hijo le regañaba, y ella le decía que solo era una mijita y por supuesto yo me hacía el sueco mientras comía lo que no debía.
En Paterna del Río conocí al resto de la familia de Reme, pues a Pili, Gonzalo, Marijose, Carol y José Antonio ya los conocía de sobra. Allí vi por primera vez los rebaños de cabricas y ovejas, daba largos paseos y disfrutaba de amplios espacios en plena naturaleza en los que corría y jugaba. 
Estos dos viajes los realizábamos con frecuencia todos los años para visitar a la familia y todavía los seguimos haciendo.
Hoy, le pido perdón a la Señora Encarna por la trastada que en uno de nuestros viajes a Paterna del Río le hice. Fue una de esas ocasiones en la que nos juntamos toda la familia; la Señora Encarna, con toda su ilusión compró un kilo de esa morcilla tan rica y apetitosa que hacen por allí. Como todavía estaba un poco fresca la colgó en el tendedero para que se oreara. La casa es grande, y por supuesto cada vez que voy la tengo a mi entera disposición. Ese día, atraído por el aroma de la morcilla llegué a la terraza, y allí estaba ella colgada en el tenderete y a mi alcance. Tan extraordinario manjar para mí solo y sin nadie que me controlara supuso un festín inolvidable del que tan sólo quedó el envoltorio que escondí para que no me descubrieran. Cuando Encarna fue a buscar la morcilla, se quedó asombrada y extrañada al no encontrarla; en un principio dudó y llegó a creer que la había dejado en otro sitio, pero al instante juraba y perjuraba que la había dejado en el tendedero, y no había duda de que así había sido porque sus hijas la vieron colgarla. Entre tanto alboroto, yo estaba escondido y calladito reposando mientras todos buscaban la morcilla; buscando y buscando dieron con el escondite del envoltorio y yo me convertí en el principal sospechoso de la desaparición de la morcilla, y al hacer mis necesidades me delaté.
Hoy, me arrepiento de esta travesura, no porque me sentara mal, sino por la pena que me dio Encarna, ya que la mujer con toda su ilusión y cariño compró la morcilla para alegrar los paladares de su familia. Espero que me haya perdonado, la verdad es que era imposible no disfrutar de un manjar tan exquisito en unas condiciones tan ventajosas.
Con los amigos de mi familia han sido  muchos los viajes que he compartido y disfrutado tanto como ellos. Recuerdo ese puente del mes de mayo en el que nos fuimos a Sanlúcar de Barrameda, fueron unos días frenéticos en los que la gastronomía fue la reina, el sol nos animó a ir a la playa y no faltaron espectáculos, excursiones y visitas. Emotivo y entrañable fue el fin de semana que pasamos en León, en el que el silbato de Poli no nos daba tregua y su sonido a mi me recordaba constantemente a la comida. Animado, divertido y apasionante fue el debate de sexualidad en el que Fede sin complejos ni pudor nos contó su experiencia con la amarilla. En la casa rural de Oropesa de Mar también disfrutamos de unos estupendos días.
He viajado a Huelva, a Cádiz, a Asturias, a Granada..., y es que he tenido la suerte de tener un dueño al que le encanta viajar y disfrutar de los placeres de la vida.
Hay dos viajes muy especiales para mí de los que guardo un muy grato recuerdo, porque en ellos tuve la oportunidad de comprobar el gratificante reconocimiento de mi trabajo y por el escrupuloso respeto a la legislación que me ampara. Uno de ellos es el que hicimos con Ana y José a Sevilla, con motivo del cierre  de las instalaciones del colegio donde estudiaron Escu, Reme y José; cuando llegamos al hotel, me quedé emocionado ante la cariñosísima y afectuosa bienvenida que me dieron en la recepción como si de uno de sus mejores clientes se tratara. El otro fue cuando en un viaje a Almería, coincidimos en un mismo avión varios perros guía y usuarios; el vuelo se retrasó media hora ya que al realizar el recuento de los pasajeros faltaba un perro guía, y hasta que esto no se aclaró el piloto no solicitó autorización para despegar. Hechos como estos me llenan de orgullo, porque eso significa que pasito a pasito cada vez encontramos menos barreras en nuestro trabajo.
Hoy me siento muy contento porque a pesar de mi edad y mis achaques, he tenido la oportunidad de compartir con mi familia y mis amigos de Arganzuela unos días de vacaciones en Torremolinos disfrutando de una agradable temperatura, dando relajantes paseos, ellos, degustando su exquisita gastronomía y he tenido la inmensa alegría de poder saludar a muchos compañeros que como yo son los ojos de sus dueños. Lo que menos me ha gustado de este viaje ha sido  que Escu y Reme no me han dejado bañarme en la playa ¡con lo que me gusta a mí el agua!
Desde que llevo trabajando con Escu, ha habido ocasiones en las que con buen criterio por su parte no le he acompañado en algunos de sus viajes, siempre recordaré ese primer viaje en el que se marchó sin mí. 
Como siempre que se organizaba algún viaje yo me ponía muy contento, porque eso de viajar es algo que me encanta y me motiva. 
Ese día vino a buscarnos Manolo el Ecijano, un muy buen amigo de la familia, y nos llevó en su coche a la estación de Atocha. Yo iba muy contento y feliz como cada vez que viajo, cuando llegamos a la estación y Manolo sacó el equipaje de mi familia y el mío se quedó en el coche comprendí que yo no viajaba. No me equivoqué, Escu, Reme y Juanma subieron al tren sin mí. Reconozco que me dio mucha pena no haber subido al tren con ellos, pero lo que más me conmovió fue ver la cara de tristeza de mi dueño y las lágrimas que se le escaparon, por lo que al instante saqué mi mejor sonrisa. La verdad es que hoy lo recuerdo con muchísimo cariño, porque pasé un extraordinario fin de semana con Manolo, Patricia y Vanesa, pero sin duda, la mejor compañía que tuve ese fin de semana fue la de Cidan, un cachorro que tuvo la inmensa fortuna de que le asignaran a esa gran familia como su familia de acogida. Mientras jugábamos y paseábamos Cidan me contó lo feliz que era en esa casa, fruto del excelente trato, mimos y cuidados que recibía, yo me sonreía porque esa historia era muy similar a la mía, y aproveché esos días para contarle el gratificante y hermoso trabajo que realizo. Debido a una grave enfermedad de la que felizmente se recuperó, Cidan tuvo que dejar de trabajar, gracias al cariño y la generosidad de su dueño hoy vive como un marques junto a otro compañero que ayuda a su dueño.
En otro de los viajes en los que mi dueño decidió que no le acompañara, tuve la inmensa fortuna de disfrutar de diez estupendos y maravillosos días con mi familia de acogida. A pesar de que habían transcurrido varios años sin vernos, fue como si de nuevo estuviera en mi casa de los primeros meses rodeado de ese inmenso cariño que me dieron. Tuve la oportunidad de conocer a Herba, una compañera que como yo tuvo el privilegio de pasar sus meses de acogida con la misma familia que yo. Herba por problemas en la vista no ha podido trabajar como guía, pero gracias a la generosidad de nuestra familia de acogida se quedó a vivir con ellos, y esos días en los que convivimos todos juntos fueron fantásticos e inolvidables.
Ha habido muchas otras veces, y esas han sido las mejores, en las que Escu me dejaba con Pili y Gonzalo, y para mí eran como unas vacaciones. Cuando Reme preparaba la maleta y Escu se encargaba de mis cosas, la alegría me desbordaba porque eso significaba un viaje, pero cuando Gonzalo cogía mi equipaje y lo guardaba en el maletero me soltaba de Escu y corría junto a Pili, porque para mí eso significaba unos días sin trabajar en los que los mimos me desbordaban, me concedían todos los caprichos y pasaba muy buenos momentos con sus amigos; además, Pili me llevaba a su trabajo y presumía ante sus compañeros de perro, y yo para no causarle problemas y que al día siguiente me llevara con ella me portaba muy bien, porque la verdad es mejor estar acompañado que toda la tarde solo en casa.
 
Si en esta historia yo no tuviera unas sinceras y emocionadas palabras para mis queridos y apreciados amigos de Arganzuela, sería un ingrato. Desde el primer instante en el que los fui conociendo, y a lo largo de todos estos años, solo he recibido de todos y cada uno de ellos  incontables muestras de cariño, innumerables gestos de amistad y lo más importante y gratificante para mi es que ninguno de ellos ha dudado en aceptarme como uno más de su familia. Cada vez que he afrontado alguna nueva situación ya haya sido buena o mala, siempre han estado pendientes de mí. Además de todos esos viajes que hemos disfrutado juntos, hemos compartido divertidas e inolvidables veladas, hemos dado relajantes paseos, han sido muchísimas las fiestas a las que me han invitado y todo ello ha dado como resultado un cumulo de vivencias, experiencias y anécdotas que sería imposible relatar.
Recuerdo aquella noche en la que se celebraba en casa de Ismael y María Jesús un cumpleaños, y en una de esas divertidas y animadas conversaciones que surgen durante la noche, se les ocurrió jugar a reconocer a las personas por las orejas. Fue divertidísimo, sobre todo cuando en el más absoluto silencio me invitaron a jugar, y cuando Mari José creyó reconocer en mis orejas las de María Jesús las carcajadas se desparramaron por todo el salón.
Nunca me olvidaré de ese día de reyes en casa de Fede, en el que siguiendo con la arraigada tradición de comerse el tradicional roscón de reyes, además de un animado baile amenizado por la selección de música de Fede, también coincidió esa tarde la celebración de un atractivo y apasionante partido de fútbol entre el Atlético de Madrid y el Barcelona que terminó por estresar a Rafa.
Muchos han sido los acontecimientos que he vivido con los amigos de Arganzuela en Pelayos de la Presa. Todavía resuena en mis oídos el emocionado, efusivo y sonoro aplauso que me dieron con motivo de la entrega del primer garbanzo de oro del cocido amigos de Arganzuela. Inolvidable es ese día en el que José estaba sentado en el borde de la piscina, y yo me senté a su lado. A José, y sin que nadie se enfade le tengo un cariño muy especial; él fue el primer amigo al que conocí, a él le he demostrado que puede fiarse de un perro guía para que le ayude en sus desplazamientos, pero sobre todo, él me ha enseñado que hay alimentos mucho más ricos que el pienso. Por eso, cuando ese día me invitó a bañarme en la piscina, yo no lo dudé y me lancé al agua. Reconozco que me asusté un poquito porque estaba en la parte más honda de la piscina, pero raudo como un rayo Escu se lanzó al agua para ayudarme. Cuando salí de la piscina vi a José blanco como el papel y asustado. Es verdad que eso fue una imprudencia imperdonable, por que cuando te fías de un amigo nunca piensas que te va a poner en peligro. José puede estar tranquilo porque yo no me enfadé, lo que sí me molesto, y eso no se lo perdono, es que esa tarde no me diera nada extra de comida.
Me acuerdo de esos días de verano en los que cuando Ismael cogía la manguera para regar, yo permanecía todo el tiempo a su lado y él, poquito a poco me lanzaba chorros de agua hasta que finalmente me daba un refrescante y relajante baño. Me encanta beber agua de las fuentes, de los grifos y mangueras, en mi afán de encontrar agua, alguna manguera y bocas de riego le he estropeado a Ismael, y lejos de enfadarse siempre ha sido comprensivo conmigo.
En el barrio de Arganzuela también he conocido a Nuria, una amante y amiga de los animales que cuando nuestros dueños nos dejan en sus manos nos cuida como si fuéramos uno más de su familia. Gracias Nuria, porque cada vez que nos cruzamos por la calle, nos encontramos en el parque o coincidimos en el río siempre me saludas y sólo tienes para mi palabras de admiración y gratitud; pero sobre todo gracias porque cuando he estado en tu casa apenas he echado de menos a mi familia.
 
A lo largo de toda una vida de trabajo son muchas las experiencias, anécdotas y vivencias que quedan guardadas en la memoria; la mayoría de ellas son emotivos y gratificantes recuerdos que te enorgullecen cuando personas anónimas conocen y admiran tu trabajo. Me acuerdo de ese día en el que estábamos parados en un semáforo y un señor le dijo a su hijo: "mira este perro lo están educando para ser perro guía", Escu con la espontaneidad y desparpajo que le caracteriza le dijo: este perro ya está trabajando, y estuvieron un ratito charlando mientras el niño me acariciaba. O aquel otro día en el que íbamos caminando por la Ronda de Toledo y un niño de unos tres o cuatro años que iba en el cochecito le dijo a su mamá sin dudarlo que yo era un perro guía, y mi dueño se quedó asombrado de que un niño tan pequeño supiera a que me dedicaba, Escu estuvo unos minutos hablando con la madre y me acercó al niño para que jugara conmigo. O cuando a mi dueño le cambiaron de puesto de trabajo, y le asignaron un banco en uno de esos edificios en los que tienes que llavar una acreditación para acceder, por supuesto yo no tenía ningún problema para acompañar a Escu; recuerdo que un día al entrar, el guardia jurado le paró y le preguntó si podía hacerme una foto para su hija que le encantaban los perros, Escu con una sonrisa de oreja a oreja dio su consentimiento, cuando tres o cuatro días después me entregaron mi carnet no pude evitar que se me escaparan unas emocionadas lagrimillas de satisfacción.
También he  vivido algunos momentos tristes y desagradables, sobre todo cuando se tiene oportunidad de observar el desconocimiento de las leyes, la ignorancia y la falta de sensibilidad hacia los animales.
 
Mi trabajo ha sido siempre el de ayudar a mi dueño a caminar con seguridad, agilidad y confianza, pero Escu me dio la oportunidad de desempeñar un trabajo muy especial y gratificante y creo que no lo defraudé. Por razones que ahora no vienen al caso contar, y como en ocasiones nos suele ocurrir a todos en la vida, Reme pasó por una situación complicada. Escu no tuvo duda de que si alguien podía ayudar a Reme ese era yo; me liberó del trabajo de acompañarle al quiosco, y no se puede ni imaginar cómo se lo agradecí, pero en contrapartida me asignó el complejo trabajo de acompañar a Reme y de ayudarle a superar esos difíciles momentos. Por las mañanas Reme me sacaba hacer mis necesidades, me llevaba al río a  pasear, me dejaba jugar y correr; a lo largo de la mañana si se sentía baja de moral o aburrida me sacaba a dar una vueltecita.
Nunca olvidaré la mañana en la que Reme me dejó libre en el río y los dos nos despistamos. Yo estaba asustado porque por más que miraba y más vueltas que daba no veía a Reme por ningún lado, a ella le pasó lo mismo conmigo y se puso tan nerviosa que no tuvo más remedio que llamar a Juanma que estaba durmiendo todavía, quien pedaleando con todas sus fuerzas en un abrir y cerrar de ojos estaba junto a Reme y le bastó una simple mirada para encontrarme.
Hoy estoy absolutamente convencido que este trabajo tan especial que Escu me encomendó, sin duda fue la mejor terapia que pudo tener Reme. Me siento muy feliz de haber podido desempeñar esta tarea, porque así dejé de pasar largas e interminables horas en el quiosco, pero sobre todo por la inmensa satisfacción que me produce ver que para Reme esa etapa felizmente es historia, y porque yo fui quien le ayudó a superarla y demostré que fui un amigo fiel que cumplió con el encargo de su dueño y le dio un motivo más para sentirse orgulloso.
 
Llegamos al presente de mi historia, y los achaques lejos de abandonarme cada vez me visitan con más frecuencia, pero con mucha paciencia, cariño y mimos de mi familia y amigos, con ilusión y con la esperanza de pasar todavía muy buenos momentos con todos ellos se hacen más llevaderos.
Con esta historia, en la que he sido testigo del veinticinco aniversario de la Fundación Once del Perro Guía, y en la que todavía podría estar mucho tiempo reviviendo y saboreando muchos e inolvidables recuerdos, quiero dar las gracias a todas y cada una de las personas que he tenido la oportunidad de conocer, y no tengo palabras para expresarles mi inmensa gratitud por todos los mimos y cariño que me han regalado a lo largo de mi vida.
 
Intencionadamente, he querido dejar las últimas palabras de esta historia para dedicárselas a mi dueño.
Querido Escu, desde que aquella tarde nos conocimos en esa habitación de la escuela, además de todo lo que aquí he contado, ha habido otras muchísimas vivencias que hemos compartido, no en vano llevamos juntos once magníficos años, y lo mejor que me ha pasado es que tú hayas sido mi dueño; te aseguro que si hubiera tenido la oportunidad de elegir, no lo hubiera dudado ni un solo instante, tú habrías sido el elegido.
Ahora me sonrío al recordar tus dudas al asumir la responsabilidad de cuidarme y compartir tu vida conmigo, qué poquito tiempo pasó hasta que me di cuenta de que por nada del mundo cambiarías esa decisión.
Si como dije al principio, he tenido el privilegio de haber nacido en unas excelentes instalaciones, no menos privilegio  ha sido el de tener la oportunidad de trabajar para ayudar a una persona con problemas en la vista, que desde el primer momento entendió y asumió una responsabilidad que no era nada fácil y que le cambió la vida. Hoy quiero que sepas que solo tengo palabras de gratitud, y elogios por la eficacia y responsabilidad con la que durante todo este tiempo has cumplido con creces con tu compromiso.
En la convivencia diaria al igual que ocurre entre las personas, entre perro y dueño se produce un vínculo emocional que llegan a ser uno solo. ¿Te acuerdas de esa tarde en la que íbamos paseando y sonó tu teléfono? Tu lo descolgaste y dijiste ¿si? Durante la conversación lo único que te escuché repetir varias  veces fue ese monosílabo; cuando colgaste, sin esperar a recibir instrucciones me di la vuelta, y sin ninguna orden tuya te llevé a la calle ferrocarril a la terraza donde nos esperaban nuestros amigos. Me llamó la atención tu incredulidad y asombro.
Te empeñaste en que José fuera mi amigo, que confiara en mi trabajo, que jugara conmigo y que me dejara saludarle tal y como a mí me gusta saludar a mis amigos, creo que todo eso lo hemos conseguido entre tú y yo. Fruto de ese trabajo, cada vez que íbamos a Prim José me obsequiaba con un premio que yo saboreaba sentado a su lado. Algunas veces cuando llegábamos a la entrada de la Delegación tú me quitabas el arnés y como una flecha me iba a su despacho, a veces la puerta estaba cerrada, y me quedaba sentado delante de ella hasta que llegabas o se abría. Con el paso del tiempo otros perros comenzaron a frecuentar el despacho de José para recoger su premio, en ocasiones le he escuchado a José comentar "hoy me han visitado más perros que vendedores". Él ya no trabaja allí, pero cuando algún usuario acude al despacho de ventas, su perro recibe su premio si su dueño lo autoriza.
 
Los años pasan para todos y yo no soy la excepción. Cada vez resulta más complicado y difícil superar los problemas de salud que se empeñan en visitarme con más frecuencia de la que yo quisiera; puedo presumir de tener el mejor enfermero del mundo que gracias a su infinita paciencia, a sus constantes desvelos, a sus inagotables dosis de cariño y a sus intensivos cuidados hasta el momento los voy superando.
No hace mucho padecí una grave enfermedad en la que no comía, no paraba de echar por arriba y por abajo y apenas podía moverme. Tú estuviste a mi lado preocupado día y noche acompañándome, te quedaste todo el fin de semana sin salir y nuestros amigos vinieron a visitarme a casa y se quedaron a cenar y a tomar unas copas.
Más reciente está el viaje de este verano a Béjar, en el que por mi cabezonería de querer saltar como si todavía fuera un cachorro, lo hice lesionado por una fuerte inflamación en una pierna. Lo que más me costaba era subir las escaleras de la casa de Marian y Fede, tú con la espalda dolorida y sacando fuerzas de donde no las tenías me subías en brazos.
Hace muy pocos días me hicieron una intervención quirúrgica para quitarme un molesto quiste de un párpado, y una vez más me has vuelto a demostrar tu inmenso cariño no sólo cuidándome como un fiel enfermero, sino también renunciando a la fiesta de jubilación de tu amigo Quico para permanecer a mi lado durante las primeras horas de mi convalecencia. Los innumerables mensajes de WhatsApp de mis amigos de Arganzuela interesándose por mi salud y sus muestras de apoyo y cariño es algo que me ha hecho muchísima ilusión y me han ayudado a mi rápida recuperación y a superar otro problema más de salud. Te pido perdón por mi rebeldía durante mi convalecencia, sabes que la campana no la soporto y te doy las gracias por haberme comprendido y por liberarme de ese artilugio tan desagradable y antipático.
 
Es inevitable que llegue ese momento en el que nuestros caminos se separen. Aunque sé que nunca me olvidarás, he querido dejarte como recuerdo esta historia en la que tú y yo somos los protagonistas. Como dice nuestro amigo José, en la vida siempre tenemos que quedarnos con los recuerdos de los buenos momentos, y esos son los que yo he querido dejarte en esta historia; pero hay dos cosas que no puedo pasar por alto, una es aquella temporada en la que decidiste aislarte del mundo sumiéndote en la más absoluta incomunicación privándome de esos estupendos fines de semana con nuestros amigos. La otra, y esa sí que no te la perdono es que no me llevaras a tu gran fiesta de jubilación ¿o a caso tenías miedo de que me comiera a la gallina?
Sé que es difícil, pero aun así me atrevo a pedirte un favor. Me gustaría que cuando ya no esté, le des a otro perro guía como yo la oportunidad de ayudarte. Te pido esto porque no es justo privar a un perro dócil y obediente de un dueño tan extraordinario y responsable como tú. No te preocupes, yo no me voy a enfadar, porque lo que nadie me podrá quitar es el orgullo y la satisfacción de haber sido el primer perro que se ha convertido en tus ojos para que hayas podido percibir emociones y sensaciones inimaginables hasta que formé parte de tu vida.
 
¡GRACIAS! Porque has sido un dueño extraordinario que me ha colmado de cariño y atenciones, porque has sabido reñirme en el momento adecuado, por haber sabido comprender cada etapa de mi vida y por haber sido capaz de adaptarte a cada una de ellas, por haber me perdonado y disculpado cuando me he equivocado, por confiar en mi trabajo y por el entusiasmo, convencimiento e ilusión con el que lo has divulgado y defendido, por la oportunidad de haber podido disfrutar de entrañables momentos con mis compañeros Derbi, Bon, Mazan, Cidan, Logan, Aura, Quida, Pansi,Ísola y muy especialmente con mi hermano Omero, además de con mis amigos Lolo, Lucas, Heros, Tola, Beethoven....
 
EPÍLOGO
 
En este relato en el que he prescindido de fechas porque mi memoria no da para tanto, en mi corazón, envuelta con un paño de oro, impregnada de cariño, embargada de emociones y sentimientos y adornada con un bello y hermoso lazo de ilusión y amistad, tengo guardada la fecha del uno de noviembre del dos mil quince.
Hacía ya algunos días que venía observando  EN TORNO A MI un cierto entorno de misterio, en el que mi dueño, familia y amigos cuando se encontraban en mi presencia intercambiaban entre susurros conversaciones que yo no podía escuchar. Debido a mis recientes problemas de salud llegué a inquietarme y preocuparme hasta tal punto, que desesperado recurrí a mi amigo Logan para haber si él sabía algo, quién con una pícara sonrisa de complicidad me tranquilizó diciéndome que no pasaba nada malo, pero que él también intuía un cierto revuelo. Entre palabras casi inaudibles, preparativos de fiesta e invitaciones llegó el uno de noviembre.
Esa mañana, mi dueño ilusionado, emocionado y con los nervios a flor de piel me acicaló con esmero., esto no me sorprendió demasiado porque es algo que suele hacer con cierta frecuencia. Cuando por la tarde me puso una pajarita roja y salimos de paseo antes de lo habitual me quedé sorprendido y confuso. Al llegar al Cub Social de la Calle Melilla, empecé a encontrarme con familiares y amigos, me dio el tufillo del olor de los buñuelos, bizcochos y tartas, pensé que se trataba de una fiesta más en la que los amigos se juntaban para degustar los típicos y tradicionales buñuelos; pero cuando me encontré con mi familia de acogida tuve la sospecha de que se celebraba algo más. Cuando comencé a escuchar en un respetuoso silencio la voz armoniosa y aterciopelada de Sandra leyendo con sentimiento y emoción la historia que gracias a la colaboración de José le he regalado a Escu, comprendí que esa fiesta era para mí y quedaron desvelados mis temores.
La ilusión de ver juntos a todos esos adolescentes y jóvenes, que de niños tantas veces jugaron conmigo, me sacaron de paseo y que cuando viajo en sus coches no dudan en reservarme los mejores asientos para que valla cómodo, observar esas lágrimas emocionadas mientras revivían tantos y tantos recuerdos, comprobar una vez más su inmenso cariño y cuando me hicieron entrega de mis regalos, fue una sensación incontenible de emoción de la que me siento muy orgulloso, porque aunque es verdad que he sido educado para trabajar ayudando a Escu a caminar con independencia y seguridad, no hay palabras para describir y expresar las sensaciones de emoción y júbilo que se sienten cuando te preparan con cariño, ilusión y sentimiento una inmerecida fiesta por el simple hecho de haber cumplido con mi trabajo y por haberme esforzado en ganarme el cariño de todos los que me rodean.
 
 
TÚ HAS SIDO MI DUEÑO Y YO TUS OJOS.
 
  Firmado:
  HURACÁN
 
AGRADECIMIENTOS
 
Gracias a Mercedes que con paciencia y emoción ha sido quien ha corregido el texto y como familia de acogida ha realizado valiosísimas aportaciones al mismo.
Gracias a Escu por animarme lo indecible para que escribiera esta historia, por haber confiado en mí dejándome absoluta libertad y sobre todo gracias por haberme facilitado entusiasmado cuanta información le he solicitado.
Gracias a Ana por transcribir al braille esta historia para que Escu la saboree con sus dedos.
Y de una manera muy especial, gracias a todas las familias de acogida, porque gracias a ellas historias como ésta son posibles.
 
Nota del autor.
 
El seudónimo con el que se firma esta historia, se corresponde con el nombre del protagonista de la misma.
Los nombres que aquí aparecen son los originales de pila, si bien alguno de ellos se ha utilizado con el diminutivo con el que coloquialmente se le conoce.
Los hechos que se relatan son un fiel reflejo de la realidad, si bien algunos matices han sido fruto de la imaginación del autor.
 
 
 
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